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Aplausos > Alfonso González Jerez

   

A quiénes aplaudían largamente los diputados puestos en pie frente al Rey de España? Ya lo escribió ayer Ramoneda: menos que al jefe del Estado, se aplaudían con generosidad a sí mismos. De los actos del Rey son responsables, constitucionalmente, aquellas autoridades que los refrendan. El Rey es, asimismo, la cariátide simbólica del sistema político vigente. Esa frase ejemplar tan unánimemente elogiada: “La justicia es igual para todos”. Y eso apenas un mes después de que el Gobierno saliente facilitara un indulto extraordinario -cuya validez jurídica resulta sumamente dudosa- al consejero delegado del Banco Santander, por no hablar de otras pringosas desmesuras de los últimos y acelerados tiempos. Así que se cierran filas no para defender unos principios, sino para evitar cualquier daño a una ficción de la cual los partidos son al tiempo beneficiarios y actores responsables. La monarquía constitucional. Es algo así como la tan proclamada inocencia de los niños. Debe protegerse al precio que sea, pobrecillos. Que no les roben la infancia, repiten melifluamente aquellos que han olvidado la suya y pretenden fiscalizar las de los demás. Los partidos pueden ser muy malos, los gobernantes abominables, la oposición deleznable, los debates vomitivos, la democracia parlamentaria decepcionante, pero la monarquía debe continuar encerrada en un mundo onírico al que nunca le roza la putrefacción de la realidad. La monarquía no puede ser de este mundo si no quiere correr el riesgo de desintegrarse. Paradójicamente su reino no es de este mundo, aunque firme diariamente en el BOE. Es una fantasmagoría a cuenta de los presupuestos generales del Estado. No sé en lo que paró el 15-M ni Democracia Real Ya. Se ha detenido en lo previsible: una protesta no es una acción política articulada, de la misma manera que una revuelta no es una revolución. Todos estamos esperando cómo nos van a sacar el cuajo en el próximo año. Algunas víctimas esperan, incluso, con esperanza, como aquellos que aguardaban al pie de la guillotina o en el gulap su justo castigo, imprescindible para que enfloreciera más adelante un futuro mejor. Algo se quebrará, sin embargo: o la democracia parlamentaria sigue enfangándose en su proceso para terminar consigo misma o los ciudadanos que apenas lo son reaccionan ciegamente y acuden a su rescate con consecuencias imprevisibles. Las élites políticas de este país no han escuchado nada, no han entendido nada y sufren un vértigo demencial o hilarante cuando se le señala que las condiciones objetivas para una crisis de legitimidad del sistema institucional son cada día más obvias y contundentes. Por eso se aplauden a rabiar, desatada claqué de sí mismas, palmeros de sus ambiciones, sus ignorancias, sus ensoberbecimientos y sus miedos. Se aplauden con dos Borbones.