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Definitivamente el nuevo ejecutivo español dará la espalda al África Subsahariana, tal y como se desprende del discurso de investidura del pasado lunes de Mariano Rajoy. El ya presidente del Gobierno se remitió a nombrar de pasada el Magreb como único punto de atención y prioridad de la política exterior paraDefinitivamente el nuevo ejecutivo español dará la espalda al África Subsahariana, tal y como se desprende del discurso de investidura del pasado lunes de Mariano Rajoy. El ya presidente del Gobierno se remitió a nombrar de pasada el Magreb como único punto de atención y prioridad de la política exterior la próxima legislatura en cuanto al continente vecino se refiere, y más por motivos de seguridad que por cualquier otra razón de peso, como la buena vecindad, la cooperación o la economía, sin ir más lejos. Ni siquiera nuestro país, inmerso en la transición electoral, parece haberse despeinado ante el anuncio de la Unión Europea de rescisión del acuerdo pesquero con Marruecos, que supondrá la inmediata pérdida de unos 1.000 puestos de trabajo directos, de ellos, 400 en Canarias, aunque personalmente me resulte agridulce este veto, pues ya he reivindicado en otras ocasiones el derecho del pueblo saharaui a disponer no solo de su legítima aspiración a la autodeterminación, sino también de sus recursos naturales, usurpados impunemente por Rabat hasta la fecha.

Al fin y al cabo, se trata de un paso más en la línea de restringir cualquier proceso de inversión de futuro al que nos ha castigado Bruselas, cuya jefa, la canciller alemana, Angela Merkel, icono efervescente del neoliberalismo postrero y de la ultra aplicación de las políticas conservadoras que nos han llevado a este escenario dantesco de renuncias soberanas nacionales en pos de unos entes financieros fantasmales, parapetados tras las agencias de calificación y el pánico generalizado, no quiere soltar el hilo de su -solo suya- cometa. Si a ello unimos la circunstancia de que Europa abrió la semana pasada la puerta a crear zonas de libre comercio con el África mediterránea para preservar y apoyar la democratización de Egipto, Marruecos y Túnez, en cualquier caso, también por seguridad, da la sensación de que nos estamos moviendo simplemente por el miedo y que renunciamos de antemano al liderazgo de cualquier estrategia de desarrollo, competitividad y equilibrio y a nuestra presencia entre los focos dominantes de los mercados internacionales del nuevo milenio.

La impresión que subyace a todo este correoso movimiento de fichas es la de un atrincheramiento onanista y sin perspectivas para las generaciones venideras, la de un entramado que se derrumba hacia adentro, víctima de sus propias doctrinas establecidas en aras de alcanzar un marco económico común en torno a una Unión de consumidores, más que de ciudadanos, o de un conjunto de nacionalidades cautivas por un remoto haz de luz que no aparece ni por asomo al final de un túnel que apunta hacia otros continentes.

Y qué decir de nuestro Archipiélago, esta nave peregrina en medio del océano Atlántico que permanece quieta, con todas sus velas replegadas sobre la cubierta, y en cuyo puente de mando solo se oyen voces que entonan los cánticos de las sirenas de la Odisea de Ulises, acostumbrados como estamos a basar toda nuestra política autonómica en argumentos pedigüeños y al continuo e intranscendente traslado de unos exiguos caudales, los que no han sido devueltos por falta de gestión a Europa, de un rincón a otro, mientras rezamos por la extensión de la inestabilidad del Norte africano para intentar interceptar alguna moneda de una industria turística que casi ni nos pertenece.

África ya no es el futuro. Canarias tampoco. No obstante, feliz navidad.