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Callejón sin salida > Jorge Bethencourt

   

Como alguien dijo, en el mundo hay tres clases de personas: las que saben contar y las que no. Y la gente, en la calle, pertenece al género de los que saben contar. Cuentan, por ejemplo, que se han tenido que apretar el cinturón, que la economía doméstica está bajo mínimos, que cada día se enteran de un amigo o familiar que ha pasado a engrosar la lista de los despedidos. Y cuentan con que aquí tiene que pasar algo para que las cosas cambien.

Después de tres años, la crisis ha llegado a las administraciones públicas. Traspasando el blindaje de protección establecido por la burocracia, atravesando la estulticia del clientelismo partidista, horadando la coraza de un ideario sindical decimonónico -heredero de la lucha de clases y metastizado en la función pública-, la certidumbre de que el quiosco no se mantiene ha llegado a los felices habitantes de las administraciones de todos los colores y niveles. No hay cama para tanta gente.

Hemos vivido tres crisis sucesivas. La financiera, la del capitalismo de casino que basaba en la especulación de intangibles su progreso meteórico. La de las bancas de depósito y de crédito, que se fueron detrás arrastradas por el remolino. Y la de la economía llamada real, el consumo y la producción, que ya venían renqueantes en muchas zonas de Europa.

Ahora parece que desembarcamos en la crisis estructural de las burocracias que desde el principio de los zarandeos levantaron la bandera de la conservación del Estado del bienestar confundiendo el culo con las témporas. O lo que es lo mismo, confundiendo el bienestar de la sociedad con el suyo.

Bien es cierto que las ondas de choque de esta realidad no han llegado a Canarias. Estamos lejos. Mientras se han congelado los presupuestos de Sanidad o Educación, servicios esenciales de la sociedad actual y del futuro, el Gobierno regional sólo ha creado una comisión para la reforma de las administraciones públicas.

Los devastadores efectos de la crisis se vuelven a notar antes en los servicios que reciben los ciudadanos que en la bien defendida estructura pública.

Pero el efecto de la caída de los ingresos fiscales es imparable. No se puede ordeñar cuando ni hay vaca ni hay leche.

Por eso quienes no toman decisiones huyen por un callejón sin salida. Al fondo se darán de bruces contra el muro de la realidad. Sólo que la cara será de ellos, pero el bolsillo es de todos.

@JLBethencourt