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Cambio de tercio > Francisco Pomares

   

La investidura de Rajoy inaugura un tiempo distinto. Es frecuente que los candidatos a la Presidencia se posicionen frente a la historia y califiquen el momento de su llegada como histórico, decisivo o trascendente. Es parte del guión de una investidura, y ocurre siempre. En esta ocasión, ocurre que además es absolutamente cierto. Todo el mundo es consciente de que aquí se ha acabado un ciclo y da comienza una etapa completamente diferente, no sólo en las formas, también en los contenidos. Pero no es sólo el ciclo político lo que cambia, probablemente va a cambiar también la forma en que los ciudadanos juzgan el comportamiento de sus dirigentes. Rajoy lo tiene claro: “No se nos juzgará por lo que intentemos, sino por lo que consigamos”. Esta vez no valen sólo las buenas intenciones; hay que intervenir, la política tiene nuevamente la palabra.

Rajoy ha desvelado una parte de esa agenda secreta que tanto se le criticó durante la campaña. Sabemos cuáles son los objetivos, aunque aún se desconoce cómo se materializarán las políticas en los Presupuestos del Estado. Pero las grandes cifras están ahí: la actualización de las pensiones, las medidas de incentivación para la contratación de jóvenes y las ayudas a las empresas costarán en total alrededor de unos diez mil millones de euros.

Si lo que se pretende es reducir el déficit entre 16.500 y 25.000 millones, Rajoy tendrá que ahorrar en este año entre 26.500 y 35.000 meuros. Sólo el enunciado produce vértigo. ¿Cómo va a lograr reducir esas cantidades sin acabar de rematar la economía y de paso incendiar el país?

Debe hacerlo Rajoy, además, contando únicamente con un respaldo parlamentario sin duda suficiente, pero que no se tradujo en las elecciones en un apoyo social masivo a su candidatura.

Es lógico que en el PP no hablen mucho de ello, pero Rajoy obtuvo en las pasadas elecciones medio millón de votos menos que Zapatero en las elecciones anteriores.

Y va a tener a los sindicatos y a la calle enfrente. Le espera una tarea casi imposible, que es la de mejorar la situación económica, reducir el desempleo y cuadrar el déficit público, sometiendo a la Administración al ajuste más duro de la Democracia.

Para tener éxito en esa tarea es imprescindible evitar la fractura social y la radicalización de los agentes sociales. Y eso requiere voluntad de consenso y pedagogía. Un estilo distinto a la cultura más bien guerrera en la que se ha desenvuelto el PP hasta ahora.