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Nos dispusimos a hacer la ruta como era menester. Eso nos dijimos, pero no era cierto. El “como es menester” implica un recorrido con todas las etapas: salir de París y llegar a Dakar con más alcohol de lo debido, a altas horas de la madrugada y unos cuantos mariscos donde quepan, que para eso el cielo es el cielo y lo bueno es divino mírese como se mire. Esta vez no es que anduviéramos de paso por allí, pero es que hay menesteres que, aunque no te quiten el sueño, te quitan más tiempo de lo debido y sólo te permiten cumplir de lejos con el rito. Porque el rito es el rito y si no, no has visitado Santiago de Compostela como es debido.

En esas andábamos, en la Plaza do Obradoiro rumbo a la Rúa do Franco, con el camino al revés. De donde, primero el bar Dakar, una cervecita y qué se yo; luego el Bar París, otra cervecita y la tapita que nos propusieron. Y así llegó la hora de la tarde en que hubimos de asistir al almuerzo al que estábamos convocados en el restaurante Carretas, a dos pasos del lugar. Fuimos, entramos, nos señalaron el reservado donde nos esperaban, saludos y comenzó la comida. La mesa exquisita, las viandas exquisitas, otra vez lacón, que no falte caldo y después… Había vislumbrado una repetición que al principio me resultó graciosa, luego rara y después algo inquietante. Alrededor de la mesa y en vitrinas con estantes y puertas de cristales cerradas aparecía más de una docena de libros del mismo autor. Leí algunos títulos a reojo, todos en galego. Y entonces hice una gracia. Pregunté que si el dueño del restaurante era aficionado a la escritura, o que si daba mérito público a un hijo, o… La Catedrática de Lingüística General María Milagros Fernández se sorprendió por mi ignorancia y, a su vez, preguntó sorprendida: “¿no conoces a Carlos Casares?” “No”, respondí. “Pues te lo pierdes”, dijo; “entre otras cosas porque es el padre de la nueva novela galega”. “¡Dios bendito, qué editor”, me repetí.

Milagros Fernández habló de Vento ferido (que en español significa Viento herido) porque es la piedra angular de lo que me había revelado. Cuando salí a la calle, en una librería aledaña, entré, me interesé y compré: Vento ferido, un libro del año 1967.

Resultó apasionante. No es una novela, es un delicioso libro de doce pequeños relatos que resultan un primor. En tres horas lo devoré. Recorrí la violencia, la venganza (que es como califican al libro por lo general) y lo que trasciende a esos dos factores: la dignidad, el erguimiento del ser, la capacidad de manifestar y aceptar los seres humanos (hombres y mujeres) los más absolutos sentimientos, como el amor, aunque el amor sea traicionero. Porque de esa verdad, de esa conformidad categórica viven los hombres cuando, a pesar de todos los pesares, deciden por su contingencia.

Pero no sólo eso fue lo que descubrí en Vento ferido. Descubrí las olvidadas “cantigas de amor” llamadas galaico-portuguesas, recobré un idioma que es el idioma de la literatura en este Estado llamado España: el galelo. Tal es la finura, la medida y la emoción con que maneja ese extraordinario idioma este hombre.

Luego supe (porque me lo soplaron al oído) que un niño de cuatro años, por ser su padre maestro, salió de su Ourense natal para vivir en la Galicia profunda. Y supe que eso no es meritorio, que los nombres de los árboles y los nombres de los pájaros que allí aprendió sí lo son, igual que los cuentos orales y la cultura popular que le transfirieron y que lo educó. Por lo mismo, que Carlos Casares sea tenido hoy por una figura clave del proceso de normalización de la lengua galega y de la dignidad de la cultura galega no es extraño.

Y entonces busqué y descubrí a un novelista parcialmente traducido al castellano (Ilustrísima, Losada, 1986; Los muertos de aquel verano, Alfaguara, 1987; Dios sentado en un sillón azul, Alfaguara, 1997) y a un hombre excepcional. Un hombre que encontró a una muchacha suiza (Kristina Berg) que viajaba en un velero parecido a un nefasto barco vikingo por la costa de Galicia, se enamoró, la siguió y fue su absoluta compañera. Descubrí a un profesor de Filología y Letras que en su estadía en la Universidad de Santiago de Compostela se arrimó al pensamiento progresista y antifranquista y que trabó amistad y se refugió en el magisterio del gran Ramón Piñeiro. Descubrí a un sujeto al que no le importó combinar las razones más medidas y exigentes de lo propio con lo extranjero (desde el país de su mujer hasta el idioma de su mujer), que fue lector en varias universidades de Europa y que, tras el regreso, se refugió en Vigo como catedrático de instituto, ensayista, columnista y fabulador.

Había nacido en el año 1941 y murió en el año 2002. Cuentan que poco antes de expirar hizo reír a quienes lo acompañaban en la cama. Fue un 9 de marzo, cuando apenas contaba con 60 años.

Pero eso no queda, queda la consecuencia, una consecuencia que por propia y universal se convierte en una verdadera lección, la lección de la moderna y sustancial Galicia, el país de España que más se ha transformado en el moderno, el país de España que carga con orgullo lo que fue, lo que es y aquello que lo ha trasformado.

Eso descubrí: Galicia que es Carlos Casares; Carlos Casares, un excelente escritor, que es Galicia.