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Cesaria Evora > Luis Ortega

   

Recuérdenme cantando, decía aquel poeta y filósofo de la calle y del día a día que fue Facundo Cabral, acribillado por las balas que buscaban otro blanco. Así, en la Navidad cálida de Cabo Verde sentimos la memoria de “la diva de los pies descalzos”, la dulce voz y el irrepetible estilo que descubrió la realidad de un territorio bello y pobre y la fascinante mixtura cultural que sólo es posible encontrar en los ámbitos insulares. La biografía de Cesaria Evora (1941-2011) se escribió desde la entraña misma de la pobreza cuando, en compañía de su hermano Lela, un saxofonista genial que arrancaba al instrumento registros humanos, recorría las cantinas de su pueblo en busca de los escudos de premio, y la copa de ron, de los turistas sorprendidos por el color y la belleza de su canto. Hasta los cincuenta años fue una artista marginal, errante por el pequeño mundo de Mindelo, en cuyo cementerio descansa ahora después de tres meses de internamiento hospitalario. Descubierta por un avispado representante, residió la mayor parte del tiempo en Europa y actuó en los mejores escenarios, acompañada muchas veces de nombres míticos, cautivados, como todos sus públicos, por talento y sus ojos tristes. Pero jamás olvidó a su Petit Pays, al que tanto amó, ni sus orígenes, ni su compromiso con los descamisados y sin techo. En el pasado septiembre había anunciado al público parisino, que la acogió con los brazos abiertos desde 1988, su retirada de los escenarios; con su fuerza telúrica había superado un infarto agudo de miocardio, pero su impenitente adicción al tabaco -“el único gusto que le queda a la negra”, decía a los doctores- agravaron sus dificultades respiratorias e hicieron de cada actuación una aventura heroica, desmitificada por su naturalidad, su dulzura y su brío. Salió del pozo del alcohol y lo contaba con naturalidad cuando ofrecía -por ejemplo, con sus canciones- modos menos dañinos de alcanzar la felicidad que buscamos aquí abajo. La creadora de la morna, una especie de blues, con resabios de fado y ritmo y armonía tropicales, y de la coladera, con coincidencias melódicas pero mayor aceleración, obtuvo el prestigioso Grammy en el año 2004 y sus mejores álbumes -Miss Perfumado, Sodade, Café atlántico, Rogamar, entre otros- alcanzaron tiradas millonarias. En la navidad caboverdiana luce una nueva estrella y en la historia de la música un modo singular de interpretar los sentimientos y hacerlos, desde la identidad de un terrón mínimo, hermosa y absolutamente universales.