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Christmas Carol > Francisco Pomares

   

Caía una nevada intensa que cubría aceras y tejados de las casas, pero hasta la nieve respetaba la casa del viejo Scrooge. En la chimenea de su palacio ardían los libros de contabilidad y el servicio se turnaba noche y día: los criados hacían lo posible por mantener calientes los huesos de Scrooge, pensando en mantener su empleo. Hacían bien: los que conocían a Scrooge sabían que su único disfrute consistía en ver cómo los antiguos comerciantes del dinámico barrio burgués -los que un tiempo pasado mandaron en la ciudad- se arruinaban uno tras otro, mientras su empresa, Sauzal Ltd., amasaba poder y fortuna. Scrooge había trabajado mucho, mientras los grandes señores se reían de su pequeño comercio, de sus modales pueblerinos y de su propaganda intrigante. Nunca lo tomaron en serio. Y se habían equivocado: Scrooge había logrado convertirse en el industrial más próspero de la región. Empezó controlando su propio pueblo, y luego se alió con los cambuyoneros de la periferia. Cuando la crisis le alcanzó, aguantó: aquellos fueron tiempos malos para todos, pero el viejo Scrooge estableció para su emporio nuevas alianzas y acuerdos. Primero seduciendo a Mr. Hermyoso y Mr. O’Larthe, negociantes de la vieja escuela a los que luego engañó, quedándose con sus mejores empleados. En una operación de la que todavía se habla en los clubes de finanzas, montó sociedad con Jerome Vedra, un refinado tunante enriquecido en los barrios obreros. Claro que el tal Jerome pagó caro su exceso de confianza: Scrooge conoció a un teórico de las franquicias, el famoso doctor Mauritius, que rehizo su acuerdo con los fedatarios de O’Larthe. Luego Scrooge liquidó al apuesto Martins y dio el salto al monopolio total apoyándose en el conservador O’Sorio, un mercader tan ocupado en defender los intereses familiares que no entendió con quién se jugaba los cuartos. Al final, acorralado por la crisis, Scrooge forzó un matrimonio de intereses con la virginal y arruinada doncella Jose Miguela, que dejó a O’Sorio fuera de juego. Así, poco a poco, moviendo a su antojo los hilos de la economía local, Scrooge se quedó con la ciudad y sometió a los ricos comerciantes del barrio burgués a todo tipo de humillaciones. Y este cuento debería seguir con la aparición del espíritu de la Navidad futura, pero nones. Primero porque uno no es precisamente Dickens. Y segundo porque, si Dickens se hubiera inspirado en nuestro Scrooge local, su más famoso cuento no habría sido un cuento de Navidad. Habría sido de miedo.