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Cuba desde mi ventana > Juan Carlos Sánchez Reyes

   

Uno de los desafíos históricos que tiene la comunidad internacional con relación a Cuba es articular un ejercicio de diplomacia común.

¿Qué lo impide? La gran diversidad de intereses en juego y el desencuentro entre gobiernos de países con diferentes visiones del problema cubano, lo que convierte ese afán en una misión prácticamente imposible.

Afortunadamente, existen algunos políticos, devenidos escritores, que han decidido contar sus memorias para revelarle al mundo que el régimen de La Habana es una dictadura totalitaria y no la romántica revolución de los barbudos que parecía ser.

Sólo este gesto basta para saludar con interés la aparición de un libro como Cuba desde mi ventana, de Isidoro Sánchez García, una obra nada pretenciosa que en lugar de buscar la confrontación política, se mueve en el plano de las anécdotas para poner al descubierto, de manera franca, la involución de un país que se ha tornado un enigma, incluso ante los ojos de un buen número de admiradores convictos y confesos del modelo cubano.

Primer viceconsejero del Gobierno de Canarias, en sus diferentes viajes a la isla durante más de 30 años, Sánchez García (La Orotava, Islas Canarias, 1942) se ha comprometido con diferentes proyectos de cooperación que van desde el apoyo a los descendientes canarios, la promoción internacional de la obra de Dulce María Loynaz -escritora incómoda y largamente marginada por el régimen-, hasta su decisión de otorgar el Premio Sajarov de Derechos Humanos 2002 al disidente Oswaldo Payá Sardiñas, durante el período en el que el político canario formó parte del Grupo Liberal del Parlamento Europeo.

A diferencia de esos observadores que apenas saben de lo que hablan pero que especulan incesantemente sobre todo lo que ignoran, Sánchez García (que combina un admirable historial intelectual con su ejecutoria como eurodiputado en Bruselas) asienta sus opiniones sobre una rica acumulación de conocimientos de la historia cubana, una prolongada reflexión previa sobre la revolución castrista que va desde 1959 hasta la debacle de los últimos años, sin faltar un serio compromiso con el futuro de un país cuya pavorosa situación económica se ha multiplicado a extremos que incluso la Cuba capitalista jamás conoció.

Temas como el derecho de admisión reservado por el gobierno cubano sólo a quienes consideran sus aliados, anécdotas kafkianas relacionadas con los trámites migratorios y con la corrupción generalizada existente en un país que durante mucho tiempo vendió su libertad bajo la órbita de la URSS a cambio de convertirse en un proyecto faraónico falsamente igualitario, recorren las páginas de este libro. Afloran también en este revelador anecdotario inéditas contradicciones del líder comunista, conocidas por el autor entre los entresijos de la diplomacia, como es aquel episodio donde Fidel Castro reconoce tardíamente la valentía del embajador Juan Pablo de Lojendio durante la discusión televisada que sostuvo con el diplomático español en 1960.

El escritor evita insultos y descalificaciones personales, compensando la ligereza de la expresión y la anarquía de los temas expuestos con el rigor del contenido y la franqueza del análisis. Seguramente el obsesivo narcisismo de un sector del exilio cubano sufrirá más de un desengaño al comprobar en este volumen autobiográfico que las condenas directas al régimen castrista son prácticamente inexistentes. En su caso personal, tal vez ni hagan falta, ya que cuando el lector termina de leerlo la personería de un proyecto político inviable y obsoleto como es el castrismo queda, por sí mismo, deslegitimado.

Demasiado inteligente para bordear el sectarismo, Sánchez García exhibe en este proyecto literario un apasionamiento juvenil que le lleva a comprometerse antes que]f aparentar equidistancia, sin caer en el error de convertirse en propagandista de la miseria teórica de la revolución castrista. El problema radica en que el autor ha participado en tantos combates que el tiempo no acaba de realizarse nunca en él como memoria, como pasado, sino que se proyecta como expectación, como futuro.

Y en un tema tan complejo como es el caso cubano -él lo tiene claro- jugar a la mirada del avestruz es una actitud irresponsable.

*Cuba desde mi ventana (1985-2011) se presentó en la XXVIII Feria Internacional del Libro de Miami y en el Instituto Cabrera Pinto