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Cuestión de señorío > Antonio Alarcó

   

No hay otra institución tan propia y singular de Canarias como los cabildos insulares, que el próximo año cumplirán su primer siglo. La Ley de 11 de julio de 1912 dispone en su artículo quinto la creación de estas corporaciones administrativas en cada una de las siete islas que forman el Archipiélago, otorgándoles su primitiva organización y competencias como entes municipales, así como la facultad de regular tributos.

Con todo, su historia es mucho más amplia, pareja en ocasiones a la evolución de las Islas. Ya a mediados del siglo XV radicaban en Lanzarote un consejo municipal y un cabildo en el que estaban representadas las fuerzas vivas de la Isla, a semejanza de las instituciones de gobierno que ya se conocían en Castilla en la Baja Edad Media.

En la etapa posterior a la conquista, las llamadas Islas de Realengo -Tenerife, La Palma y Gran Canaria-, contaban con un cabildo que, en el caso de Tenerife, fue instituido por Alonso Fernández de Lugo en 1497, inspirado tal vez en las instituciones de su Andalucía natal.

Con este precedente de más de cinco siglos, la Constitución Española de 1978 dispuso en su artículo 141,4 que en los Archipiélagos, las Islas tendrán además su administración propia en forma de cabildos o consejos.

En el caso de Canarias, fueron desarrollados por nuestro Estatuto de Autonomía, superando el carácter municipal y pasando a ser verdaderas instituciones de la comunidad autónoma con amplias competencias, como reconocería en 1985 el Consejo Consultivo de Canarias.

No nos equivocamos, por tanto, cuando nos referimos al señorío que atesoran los cabildos insulares, verdadera referencia para los habitantes de cada una de las Islas. Como consejeros de estas corporaciones tenemos el deber inexcusable de velar por su buen nombre, conscientes de la alta responsabilidad de representar los legítimos intereses de quienes nos han elegido.

Ocurre, sin embargo, que la permanencia continuada al frente de estas instituciones hace olvidar a algunos que no somos otra cosa que meros administradores y servidores temporales de lo público, y que al término de nuestro mandato y -faltaría más- durante el mismo, seguimos siendo las personas que fuimos durante la etapa de gobierno.
Esto, claro está, puede predicarse de quienes hemos tenido actividad conocida fuera de la política, pero parece que es terreno vedado a aquellos que han convertido en una necesidad la permanencia en la cómoda poltrona de las instituciones.

Se ha colocado bajo palio a muchos que se han revestido a sí mismos de un carácter casi inaccesible, cuando apenas se les conoce profesión aparte de la política, y eso es muy grave.

Los cargos no hacen a las personas, sino que somos las personas quienes hemos de dignificar nuestros puestos. Difícilmente podrán ser buenos gestores de lo público quienes no sabemos si han sabido conducirse adecuadamente en la esfera privada, y desconocemos hasta su verdadera formación.

Precisamente por ese señorío del que les hablamos, es una verdadera lástima que el Cabildo Insular de Tenerife haya sido utilizado en las últimas fechas como plataforma de lanzamiento para insultos y descalificaciones como nunca antes se habían escuchado en esta institución, pretendiendo usarla como finca particular y creando tensiones innecesarias.

No es de extrañar que los canarios se vayan dando cuenta de la situación y cada vez en mayor medida vayan dando la espalda a esta forma de hacer política, que además de ineducada, va acompañada de una creciente ineficacia en la gestión. Y la prueba la tenemos en las últimas elecciones generales, en las que el Partido Popular fue la opción preferida en nuestro Archipiélago con mucha diferencia.

Y lo fue en cada una de las Islas, circunscripciones que seis meses atrás decidieron la composición de los Cabildos Insulares. De casi 150.000 votos, los hay que han pasado a 83.000, mientras que en nuestro caso, 167.500 votos son el amplio aval con el que contará el senador más votado de la historia de nuestra democracia en Tenerife. Los administraremos con la responsabilidad, la humildad y la infinita gratitud que merece este masivo apoyo de la ciudadanía, libremente expresado, y corresponderemos con el señorío que merecen instituciones como el Senado y el Cabildo Insular, en el que volveremos a ser la voz de Tenerife y de Canarias, como hemos sido durante cuatro años.

*Senador electo del PP por Tenerife