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Dígaselo con mucho cariño > María Montero

   

Cuando recibí el regalo de escribir en esta columna, mis amiguitos menudos, entre 7 y 12 años, al leerla, me dijeron que no entendían mi lenguaje, y que cuándo les dedicaría un cuento, aunque los periódicos sean para adultos. Pensaron que el DIARIO, también se acuerda de los niños. Asentí entonces e imaginé esta columna en la Nochebuena, y la benevolencia de este periódico con la infancia. Así, trataré de cumplir mi cometido, acercando al lector adulto los sueños del lector menudo. Aunque hoy también están sucediendo noticias de vital importancia en el planeta, dignas de ocupar estas líneas, y así las incluyo igualmente, como los retos aceptados por el nuevo gobierno, pero hoy, dejemos que suceda, escuche a su hijo, permita que su hijo le cuente cómo ve él el mundo, y acérquese a su ideas, y a las imágenes que él plantea sobre cómo deberían de ser las cosas. Y anote las esferas de su imaginación, pues quizá en los años venideros estemos viviendo la era que ellos tratan hoy de dibujarnos. Si bien es cierto que los niños cuentan con el apoyo de sus familias, he podido imaginar algo más grande que los sostiene. He querido vislumbrar un universo lleno de inagotable vida, de recursos ilimitados, de afectos infinitos, de principios sin finales en una cadena de muchas manos entre-unidas de reencuentros, y portales abiertos para la imaginación… He honrado la marginalidad versus la inclusión, y al menos en este universo todos tienen su lugar. Y si he de llegar más lejos, trataría de comunicar en otros lenguajes, con cuantas inteligencias puedan existir en qué sinfín de realidades paralelas. Incluso podría plantear si en algún lugar del mundo alguna tecnología es capaz de comunicar con formas de vida lejanas. Entonces creo que estos hallazgos son patrimonio de la humanidad, y el internet debería alcanzar a la vía láctea. También he pensado en si los ángeles de la guarda de los niños existen, como se cree en muchas tradiciones, y si esto fuera así, posiblemente sus angelitos buscarían en el mundo adulto la forma de garantizar la continuidad de su vida, para acceder a un futuro impredecible, pero digno de cualquier niño. Quizá lo hayamos sentido todos alguna vez: la posibilidad de que un solo niño represente a todos los niños. Un niño cualquiera que contiene a todos los niños, de tal manera que, cuando abrazamos a nuestros hijos, ese abrazo les llega a todos los menores, y ellos son capaces de sentir que en algún lugar hay un adulto velando por sus vidas. En algún lugar de la tierra, somos millones de personas en este momento luchando por la supervivencia, batallando con nuestros miedos a la pérdida y al desamor. En algún lugar, los niños aguardan pacientes a que les digamos que la crisis ha terminado, y me pregunto si somos nosotros la generación escogida para el desenlace de esta batalla que se libra en este planeta desde hace miles de años: el amor versus dolor. Entonces, dígaselo a sus niños, con todo el amor que pueda… Dígales que en esta Nochebuena, una noche entre millones de noches, cuenta la leyenda acerca de “un duende que le entrega a cada niño una carta mágica en blanco, y al abrirla, se desprenden estrellas fugaces, pues esta carta contiene un hechizo que funciona una vez al año. Todo aquel que escriba en esta carta activa una estrella fugaz que hace realidad lo que se le pida, como juguetes o cosas intangibles. Sólo hay que llamar al duende que regala las cartas mágicas, escribir y dejarla en la ventana, para que él la recoja. A la mañana siguiente, encontrarás una estrella con tus deseos en camino, y el duende ya volverá otro año más”.

Así de sencillo, así pues, apresúrense a regalarte la carta blanca a sus hijos. Quizá él y ella ya lo sepan, sólo que anhelaban que los adultos volviéramos a contárselo.

Feliz Navidad.

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