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Educar hoy > José Miguel Pérez

   

Pocas veces comentamos hoy el fondo de los principios que nos mueven. Las razones que están detrás de nuestras intenciones, con sus aciertos y sus errores. Las ideas expresadas en estas líneas recogen nuestra manera de entender hoy la Educación. Como podrá verse, tienen poco que ver con lo que todavía suele divulgarse y trasladarse a la opinión más general. Lo que aquí escribo cuestiona una idea vetusta del quehacer educativo y expone aunque someramente, la tarea real que en nuestros días se lleva a cabo en nuestros Centros de Enseñanza, la que realizan profesores y estudiantes y a la que deben coadyuvar directamente otros agentes imprescindibles entre los que sobresalen las familias.

Este artículo se dirige a todos ellos, pero en especial a quien constituye el principal sujeto de su tarea: los estudiantes. Empecemos por lo que ya tenía que haber quedado atrás. Se trata de una manera de concebir la educación muy extendida pero profundamente inservible para nuestros días. La define como una simple divulgación de conocimientos de forma rutinaria más o menos superficiales, en un clima dominado por la figura de una persona que sólo puede alcanzar su cometido de forma autoritaria y cuyos actores quedan recompensados con amplios periodos de vacaciones.

Ese retrato, sigue aún dominando en muchas mentes. Lo peor de esta imagen decimonónica y distorsionada no es que haya impedido reconocer adecuadamente la tarea que llevan a cabo los profesionales de la docencia y los estudiantes. Lo malo es que está sirviendo aún para justificar decisiones en políticas educativas muy desatinadas y que van en dirección inversa al mundo en que nos hemos adentrado desde fines del siglo XX. Frente a esta manera de concebir la Educación existe otra que llevan a cabo miles de profesionales cada día. Se concibe en ella al quehacer educativo como una tarea cuyo fin principal se centra en contribuir al desarrollo humano, entendido éste en la triple dimensión de educación personal, educación ciudadana y educación profesional, cualquiera que sea el ámbito y el nivel de su desarrollo. En esa tarea, los profesionales de la docencia se dedican a transformar la cultura y el conocimiento que consideramos necesarios socialmente en capacidades y competencias que, a su vez, permiten a las personas ampliar el saber y su poder para lograr dignidad y autonomía.

Los investigadores y especialistas nos vienen informando acerca de la complejidad que entraña el trabajo que, cada día, se lleva a cabo en cualquier aula. Lo experimentan y lo saben muy bien los maestros y las maestras, los profesionales de la docencia. Sin embargo, apenas se conoce bien desde fuera. Nos parece que como es una actividad cuya práctica se hunde en la noche de los tiempos, apenas entraña dificultad. No es así. Al principio de este curso, pedí a una profesora que me permitiese observar cómo abordaba el primer control que puso a sus estudiantes. Se trataba de una clase especial, que reunía a alumnos con dificultades de aprendizaje. Los estudiantes tenían que componer un texto sobre una fiesta principal a la que la mayoría acudió durante el verano. Tras cerca de cuatro horas de corrección de los textos, vimos dos elementos que ofrecían conclusiones muy importantes para la tarea que aguardaba durante el resto del curso. Lo primero era fácil de intuir. Ningún estudiante escribía correctamente el nombre de los lugares cuando se refería a ellos en la escritura. Era muy sencillo pero el nivel de dificultad para expresar bien los términos era para ellos extraordinario. “¡No te queda nada!”, le comenté. No obstante, a esos alumnos se les pidió que dibujaran un gráfico con el nombre del lugar de la fiesta que tantas veces vieron en la publicidad. ¡Todos, sin excepción, escribieron correctamente el nombre! Tranquilo me dijo la profe, como ves aquí tengo una oportunidad. Su memoria visual es perfecta. Lo que líneas atrás escribieron fatal y sin fijarse, ahora cuando dibujaban el recuerdo visual, ni un fallo. Después de cuatro horas averiguó que hay un recurso poderoso para su trabajo. Se trata de utilizarlo. No le será sencillo. No sólo tiene que poseer la preparación adecuada sino aplicarla a una situación concreta en la cual cada persona, cada alumno o alumna es un mundo. Pero ese es su trabajo y aunque tiene experiencia y preparación adquirida durante años debe enfrentarse cada curso a ello. Vamos a ver como lo describen los investigadores de la educación y el aprendizaje. Afirman que esa profesora debe trabajar en condiciones complejas debido a la incertidumbre, ya que nunca podrá tener plena seguridad de acertar; debido también a la inestabilidad, ya que nunca podrá tener control total de las condiciones y disposición de quienes aprenden puestos que ésas se modifican continuamente; debido a la singularidad de las personas y de las situaciones porque nunca podrá hacer lo mismo y esperar automáticamente los mismos resultados y, por último, debido a los propios conflictos de valores entre todos los agentes educativos que intervienen sobre los mismos sujetos que hacen que cada palabra y cada acción pueda ser interpretada de forma diferente y nunca se pueda dar por supuestas las razones que justifican la acción. ¿Cómo podemos explicar a un alumno que integre como valor el respeto a la intimidad de los demás si, por la tarde, buena parte de su familia y de la sociedad se engancha a la telebasura donde la intimidad personal no vale un pimiento?

Como vemos no es trabajo simple, pero es un gran trabajo. ¿Cómo se hace? Seguro que a muchos les suena lo siguiente: una persona (hombre o mujer), con una o más carreras universitarias, prepara con cuidado en colaboración con otros compañeros y compañeras las tareas y actividades que propondrá a sus estudiantes, ya sea para llevarlas a cabo dentro o fuera del recinto escolar. Selecciona los recursos que tendrá que utilizar procurando que sean variados y que se presenten en distintos soportes. Atiende a las consultas generadas en la realización de las actividades, presta especial atención a la presentación de los trabajos propuestos para valorar el alcance del aprendizaje adquirido e investigar estrategias que, para cada caso, logren el éxito en el aprendizaje. También, informa al estudiante y a sus familias de los progresos. Para esa persona el trabajo académico, su actividad profesional, no consiste sólo en estudiar, sino que requiere una práctica continuada. Es una extraordinaria dedicación que de forma callada, haciendo frente a mil desánimos, afrontan cada día muchos profesionales. Contribuyen casi sin darse cuenta al crecimiento personal de miles de jóvenes que tal vez algún día vuelvan su vista atrás y devuelvan la gratitud. Se sintieron acompañados cuando más les hizo falta. Por mi parte no quisiera esperar tanto. Cada día me gusta expresar ese reconocimiento a quienes contribuyen al progreso de la educación.

*Vicepresidente y consejero de Educación, Universidades y Sostenibilidad del Gobierno de Canarias