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El antipoeta > Alfonso González Jerez

   

Gracias a haber vivido casi cien años, Nicanor Parra ha conseguido algo jamás buscado, que le concedan el Premio Cervantes. Si los lectores de poesía son y quizás deban ser pocos, los que, fuera de Chile, se han subido a la montaña rusa que es la obra asombrosa e incesantemente lúcida y divertida de Nicanor Parra representan una minoría dentro de la minoría. Nicanor Parra fundó (es un decir) la antipoesía y el único ejemplar vivo o muerto de antipoeta es Nicanor Parra. Una vez escribió un test, quiero decir un poema, ofreciendo posibles definiciones de un antipoeta: un comerciante en urnas y ataúdes, un sacerdote que no cree en nada, un general que duda de sí mismo, un vagabundo que se ríe de todo, hasta de la vejez y de la muerte, un interlocutor de mal carácter, un bailarín al borde del abismo, un narciso que ama a todo el mundo, un bromista sangriento y deliberadamente miserable, un pequeño burgués, un charlatán, un dios. En su poesía fulgen todos esos personajes, estrategias e imposibilidades. Es difícil encontrar a un poeta que descrea tanto de la poesía

Porque para Nicanor Parra la poesía se ha acabado como se acaba una fiesta luminosa o una pesadilla opresiva. Ya está. Ya no hay más poesía y donde menos rastros funerarios de la poesía pueden encontrarse es, precisamente, en los poemas que algunos se empecinan en emborronar todavía, víctimas de un anacronismo espiritual lamentable. Parra renuncia a la combinatoria de ritmos y metáforas y se lanza, sin importarle demasiado romperse la crisma, a una desacralización del lenguaje poético, a contar y cantar lo inmediato de forma premeditadamente inmediata: a exaltar y maldecir la Cordillera de los Ángeles, el cansancio grasiento de un conductor de autobuses, las preguntas de un profesor en un examen o las labios de una mujer que le obsesionaba y que después olvidó lentamente, como se olvidan todas las cosas de la vida.
Recuerdo que hace unos años, demasiados años ya, las izquierdas hablaban mal de Parra, porque no se pronunciaba contra la dictadura de Pinochet: como si no lo hiciera en cada verso que escribía. El viejo antipoeta terminó hartándose: “No soy de izquierdas ni de derechas, dejen de joderme”. Y escribió poco después, o tal vez poco antes, un aforismo definitivo que, como todas sus bromas, tenían la risa incisiva de un puñal: “La derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas”. Recuerdo leer la frase en un libro infecto de crítica literaria y dirigirme de inmediato, sonámbulo y certero, a la biblioteca más próxima. Me perdí entre los anaqueles y me saqué un billete para la montaña rusa de Nicanor Parra y, desde entonces, jamás me he bajado.