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El derecho del ser humano a la paz > Francisco Aznar

   

Una vez más, la celebración del Día Mundial de los Derechos Humanos nos brinda la ocasión de pensar sobre la situación en la que estos se encuentran, para evaluar las conquistas y los progresos de algunos, y en los fracasos y retrocesos de otros, tal es el caso de la paz.

En los albores de este tercer milenio el difícil problema de la contemporaneidad consiste, ciertamente, en ligar de manera certera lo particular y lo universal, lo local y lo global, pero evitando al tiempo que esa universalidad se convierta en unificación totalitaria, con lo que ello supone de reducción de formas de vida y de culturas, de conocimientos, lenguas y saberes, pero donde la legítima defensa de lo particular no signifique justificación ni encomio de un “aldeanismo de campanario” exasperado, violento y excluyente.

El miedo a la diversidad o la exaltación de la diferencia produce siempre atribuciones identitarias sectarias, equívocas e intransigentes, que generan insuperables barreras mentales y simbólicas que legitiman y racionalizan juicios de inferioridad y prácticas de violencia e intolerancia.

Así, cuando nuestro mundo parece quedársenos pequeño, los valores de la igualdad, la justicia, la libertad y del respeto a la diferencia son tan solo un encomiable ejercicio de moralidad y de buenas intenciones del mundo desarrollado y opulento, frente a “los otros”, aquellos para los que la defensa de la dignidad de la persona humana es una entelequia y donde solo florece y progresa la fuerza de la vida.

Más allá de los tratados internacionales y de la promulgación legal de los mismos, la realidad nos muestra que, pese a los esfuerzos redoblados de las cada vez más numerosas organizaciones e instituciones empeñadas en la conquista y defensa de los Derechos Humanos, aún persisten enormes zonas de nuestro planeta en las que éstos, desafortunadamente, son tan sólo “palabras”. Palabras banales en un marco de pobreza, enfermedad, ignorancia, desarraigo y violencia.

Qué duda cabe que entre los derechos fundamentales de toda persona “el derecho a la vida” se convierte en primero e imprescriptible. Derecho, que a nuestro juicio, no puede limitarse a la simple supervivencia, sino que reclama en todo momento y para todos y cada uno de los seres humanos, el derecho a vivir una vida digna de ser vivida.

Y ello, desde el reconocimiento y la afirmación de la dimensión moral de todo ser humano, y en un momento en que se hace preciso reclamar para todos las mismas condiciones de libertad, justicia y paz.

Es verdad que la Paz es un concepto indivisible, que comporta tanto un derecho como un deber para con ella, y que reclama siempre una formulación activa y positiva, porque sin la paz, los derechos humanos son tan solo una entelequia.

De la misma manera que hoy la Paz en si misma constituye un valor universal, reconocido y exigido como tal por todos los seres humanos, todos los pueblos y todas las naciones, por lo que los derechos con ella relacionados merecen, por tanto, que se garanticen, protejan y ejerzan como derechos humanos.

Si bien el derecho a la paz aparece implícito ya en la misma Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Sin embargo, todavía en estos momentos, ese “valor universal” no parece suficientemente respetado en el mundo, y no tan solo por la actual coyuntura en la que vivimos, sino porque la paz no puede ser una verdadera realidad sin el compromiso, consciente, decidido y militante, de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Pero la Paz, por ser un bien común, no puede ser tan solo la paz de los Estados, de los Gobiernos o de las organizaciones intergubernamentales, sino que ha de ser ante todo un asunto de cada hombre y de cada mujer, individual y colectivamente. Por lo que en consecuencia la paz, en tanto que “patrimonio común de la humanidad”, requiere y reclama que se exija también que los derechos con ella relacionados se garanticen, protejan y ejerzan como tal derecho humano.

Por ello, la consecución y el mantenimiento de la paz ha de ser en todo momento la meta por excelencia y el objetivo permanente de los pueblos representados por sus gobiernos en los Organismos Internacionales, toda vez que la Carta de las Naciones Unidas impone a los Estados la obligación de realizar una efectiva cooperación internacional para desarrollar y estimular el respeto de todos los derechos humanos, para todos sin distinción.

Cooperación internacional que, en lo tocante al derecho humano a la paz, ha de ser decididamente activa y militante, integradora y generosa, habida cuenta de que su respeto y ejercicio sólo pueden ser fruto de los esfuerzos aunados y solidarios de todos los individuos y de todos los Estados.

Y de igual forma que el derecho humano a la paz es oponible a todos los individuos y a todos los Estados, siéndoles exigido como deber de naturaleza ética, moral y jurídica, en toda circunstancia y condición.

Creo firmemente que el derecho a la paz conlleva para todos, sin excepción, el derecho a oponerse a cualquier guerra y a luchar contra los crímenes contra la humanidad, así como a reclamar el derecho a la paz civil, que entraña el derecho a la seguridad y el derecho a estar protegido de todo acto de violencia o de terrorismo; pero también el derecho al desarme mediante la prohibición de las armas de destrucción masiva e indiscriminada y a las medidas efectivas de desarme que conduzcan al control y a la reducción de los armamentos y, en definitiva, al desarme general y completo bajo un control internacional efectivo y eficaz.
Pero el ejercicio de todo derecho comporta, cómo no, el cumplimiento de unos deberes, por eso entendemos que todos los seres humanos tenemos el deber de contribuir, de manera activa y comprometida, con todos los medios a nuestro alcance, al mantenimiento y a la construcción de la paz.

Todos los Estados y todos los pueblos tienen el deber de luchar constantemente por la paz. La guerra nunca es el camino para paz. Solo la ignorancia y la presunción pueden llevar a pensar que la fuerza sea la solución para no importa qué problema político, económico o social.

Pero la paz es más que la no violencia. La paz implica justicia, libertad, igualdad y solidaridad. Porque las injusticias sociales suelen traer aparejada la violación de la paz interna y de la paz internacional, los ejemplos son múltiples y numerosos en el tiempo y el espacio. Razón por la que tenemos, todos, el deber de promover y favorecer la justicia social tanto entre nosotros como en el plano internacional.

Nuestro archipiélago ha ejercido siempre un destacado papel como crisol de culturas y encrucijada de pueblos y de razas, siempre abierto para acoger cuantas ideas e individuos se acercaron a él, forjándose así el carácter abierto, liberal, cosmopolita y pacífico que siempre nos distinguió. Hecho que justifica y sostiene una de nuestras mayores ambiciones: ser una activa plataforma de paz, en la encrucijada de tres mundos -Europa, África y América- abierta y tendida a todos los hombres de buena voluntad.

Desde esa perspectiva Canarias ha de empeñarse en desarrollar una verdadera cultura de la paz, alentando activamente la educación por la paz, la no violencia, la tolerancia y la solidaridad.

Opción ésta, que desde un marco geopolítico tan singular como el nuestro, supone declarar y asumir con firme voluntad, el compromiso de luchar contra las injusticias sociales, tan flagrantes y evidentes, porque esas situaciones las que, antes o después, siempre terminan por generar la violación de la paz interna y de la paz internacional, por lo que se requiere implementar una adecuada y efectiva política de “asistencia” y ayuda al desarrollo.

Ojalá podamos, muy pronto, alumbrar un mundo mejor para todos nosotros, en el que los pacíficos posean la tierra.

* Director de la Cátedra Unesco Paz, Democracia Parlamentaria y Derechos Humanos