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El horror > Leopoldo Fernández

   

¿Cómo no horrorizarse ante el final atroz de los dos niños de Vistabella, en Santa Cruz? Si toda muerte violenta produce rechazo, la de estos pequeños forzosamente nos lleva al abatimiento y a esa sensación dolorosa e inexplicable que produce el infanticidio como culminación de una tormenta secreta entre el odio y el amor. ¿Cómo puede una madre en pleno uno de razón acabar con la vida de sus propios hijos? ¿Qué sensaciones, qué confusiones, qué reacciones terribles le habrán llevado a cometer semejante crueldad? Me niego a considerar la sola posibilidad de que la madre de Tindaya y Joseba olvidara su instinto natural o estuviera en sus cabales cuando decidió poner fin al latido de dos corazones que eran carne de su carne, vida de su vida. Tolstoi pensaba que el mundo no tiene una flor en región alguna, ni perla en ningún rincón del mar semejante a un niño sentado sobre las rodillas de su madre. ¡Cuántas veces tendría Sonia Pietro a sus pequeños así, amorosamente recogidos y estrechados con pasión y cariño infinitos..! No es posible, insisto, que una madre normal cometa una acción más dolorosa que ninguna. Desmanes de esta naturaleza no se justifican más que por un desvarío mental, por una pérdida cierta de conciencia, por una alteración de la voluntad. Si no media un accidente, una imprudencia y una negligencia, ni tampoco se dan razones patológicas que justifiquen la muerte de los niños, sólo queda la salida criminal o, en otro caso, el ofuscamiento y la privación del juicio. Por desgracia, son cada vez más frecuentes las matanzas y desapariciones de niños sin la menor justificación o con justificaciones inaprensibles. Y no hay aberración más cruel -lo apunta el escritor francés Romain Rolland a propósito de un infanticidio anunciado- que la del niño que descubre por primera vez la perversidad de los demás. A expensas de autopsias y estudios psiquiátricos que determinen las circunstancias del caso y del fatal desenlace, tengo entendido que los dos hermanos tuvieron una infancia relativamente venturosa, pese a los fracasos matrimoniales de la madre y sus problemas mentales. Pero alguien -en vía administrativa y en vía judicial- no tomó en su momento las medidas preventivas adecuadas, ni puso en marcha la maquinaria asistencial para proteger debidamente a los pequeños ante los problemas de su madre, a los que se añadían los de su actual compañero, tal y como denuncian familiares, vecinos y amigos. Y es ahí, y sólo ahí, donde había que haber cortado por lo sano -retirando a la madre la patria potestad- para garantizar debidamente a los dos niños su derecho a la vida. Y no caer, como hemos caído como sociedad, en la anomia más espantosa.