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POR QUÉ NO ME CALLO >

El puente > Carmelo Rivero

   

El Puente borra de un plumazo esta semana, como si nos conviniera una larga siesta antes de las fiestas de fin de ejercicio y de mandar a la papelera este annus horribilis, que será, según los augures, menos horrible que el que viene. El primer año de Rajoy.

Los poetas resuelven estas lagunas con una metáfora críptica. El nuevo premio Cervantes, Nicanor Parra, cuenta que el poeta Braulio Arenas le dio la clave: cada diez versos, soltar uno oscuro que nadie entienda, ni el autor. Nadie entiende este puente, como un verso erudito que no dice nada.

Estamos en la peor crisis económica de la historia del mundo -si me autorizan la desmesura- y nos permitimos una semana en blanco -ya no solo una noche-. Ni Sarkozy en el discurso de Toulon -ese borrador de necrológica de Europa-, ni la señora de luto sermoneándonos en el Bundestag -ambos se ven hoy- aprueban estas cosas. El francés de las calzas concluyó que a Europa hay que salvarla “trabajando”, como decía Sampedro, Premio Nacional de las Letras. Y nosotros les hacemos caso al revés.

Pero vendrá un puñado de turistas -lo que reprime en nuestro caso apoyar la idea de llevar los puentes a los lunes- y le daremos la bienvenida al extranjero mirándole el bolsillo con una vieja sonrisa idiota. La estadística inapelable eleva las cifras de paro y somos, tras Reunión, el destino con mayor desempleo de la UE. No es cosa de la providencia -una vez dicho destino-, pero llevamos camino de creer que sí, y con tal fatalismo, eclipsamos la semana, aislados del mundanal ruido, del canguelo ante la cumbre europea del jueves y viernes, del euricidio que flota en el ambiente, y así nos va.

Vale que celebremos el Día de la Constitución, a la que hacemos maldito caso a la vista de los desahucios, pero tumbarnos haraganamente a la bartola la semanita entera, viendo pasar los buitres sobre nuestras cabezas, es una hispana irresponsabilidad, que estigmatiza el perfil de un país para sumarse al pelotón de los llamados a cruzar el desierto sudando la gota gorda. Los más ociosos se quedarán rezagados. La historia ha querido que el presidente español con más fama de flemático arengue al pueblo a cruzar con redaños el destartalado puente, como Nicolas Cage en En tiempo de brujas. Si no lo hace, será barrido por los pérfidos mercados a escobazos.