X
la claqueta > fran domínguez

El Redford conspiranoico

   

James McAvoy, en el papel de el abogado Frederick Aiken.

El magnicidio de Abraham Lincoln marcó el epílogo de la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), hecho sobre el que planean, como parece preceptivo en este tipo de casos, pocas luces y muchas sombras, y en el que a pesar de que está claro quién fue el actor material de los hechos, el actor sudista John Wilkes Booth, hay cierta nebulosa sobre los implicados en la trama urdida para asesinar al que fuera el presidente número 16 de los Estados Unidos.

La conspiración, la última película de Robert Redford como director (y ya van ocho en su buchaca), trata este asunto, si bien el título resulta un poco engañoso para el tema en cuestión, puesto que el actor nacido en Los Ángeles no se detiene a indagar ni en el fondo ni en las aristas de la confabulación perpetrada, sino que fija sus miradas en otras cuestiones, mucho más estimulantes desde el punto de vista de la reflexión y el debate, como el ninguneo de la Constitución -la estadounidense en esta ocasión, pero da igual- y las escasas garantías procesales existentes cuando el poder judicial está sometido arbitrariamente al ejecutivo en un contexto de guerra, ejemplificado aquí en la figura de Mary Surratt, la primera mujer condenada a muerte por el Gobierno federal de ese país, papel interpretado por una espléndida Robin Wright. Sin duda, Robert Redford convence en el planteamiento general, en un sobrio y pausado drama, no exento de un falso suspense, que se sostiene, fundamentalmente, en una acertada fotografía y en un excepcional elenco de intérpretes (a la citada Wright, se suman James McAvoy, Kevin Kline, Evan Rachel Wood y Tom Wilkinson).

Sin embargo, en el debe de la cinta hay que anotar que tal vez no logra el pulso, la emoción y la fuerza de otros celebrados productos del subgénero judicial-histórico (por ejemplo, y por una mera cuestión de “contemporaneidad”, la magistral El sargento negro, de John Ford). Aun así, Redford ejercita un notable filme que merece la pena visionar en pantalla grande. Incluso, como le ocurrió al que suscribe el pasado viernes, si tienes sentado a pocos metros de ti a un par de descerebrados parlantes que no dejan de barbotear durante todo el pase. Total, si ir al cine sale barato, ¿no?…