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Epifanía > Francisco Pomares

   

Pocas veces una noticia tan cantada como el nombramiento de un Gobierno ha despertado tanto interés periodístico y ciudadano, como si los nombres de los elegidos supusieran una suerte de poderoso exorcismo contra la crisis. Al final, con los grandes periódicos peleándose hasta el último segundo por dar una imposible exclusiva digital (en El País adelantaron durante unos segundos el nombre del futuro ministro de Economía, pero lo retiraron corriendo)…, al final, digo, Rajoy logró preservar lo mayor de su gran secreto bajo siete llaves, y cumplir así con la coreografía del anuncio. Tanto da, pero todo este sigiloso proceder, toda esta reserva tan circunspecta que hasta los sms de Rubalcaba yerran el tino, supone un nuevo estilo, un formato grave que aplauden hasta por los periodistas de El Mundo por ser -dicen- una enorme demostración de poder.

¿Poder? El poder se demuestra no sólo controlando los tiempos (Rajoy tiene ganada fama de saber templar gaitas y aguantar presiones, sobre todo de los propios) sino haciendo lo que uno quiere. Este gabinete -primero de los que habrán de lidiar con la recesión- es el que Rajoy ha tenido a bien nombrar, sin dejar que nadie le soplara la oreja. Nunca antes la elección y presentación de los escuderos había dependido tanto de la decisión de un señor. Quizá por eso, porque ni el partido ni los poderes de fuera han tenido qué decir, Rajoy se ha montado un tinglado compacto, en cuyo núcleo duro, hay más que nada leales y técnicos. Gente de su cuadra, empezando por esa mujer discreta y eficiente que lo ha acompañado en la reconquista del partido y del poder, y acabando en un político que apuntaba maneras de delfín maltratado y ahora recibe el premio que es de justicia. O Justicia. Puestos en fila, nueve hombres y cuatro mujeres para marear los cien primeros días en los que Rajoy promete marcar la diferencia.

Y lo de aquí: Soria es ya ministro. Repite en el mismo cargo (ahora ampliado con Turismo) que otro grancanario, Luis Carlos Croissier. Éste pasó sin pena ni gloria, en un gobierno felipista tirando a terminal. No fue un ministro malo, pero nadie lo recuerda: es el riesgo de la Corte, que lo mismo te lanza que te aplasta. Pero Soria es a Croissier lo que un tiburón a una sardina. Su entrada en la política nacional abre y cierra muchas puertas. Algunas las cruzará él. Otras andan por aquí abajo, abriéndose y cerrándose y ya se verá si alguien las cruza o se da de narices con el marco. Por cierto, que tiene algo de Justicia poética que Soria y Rivero se ocupen de Turismo. Esto promete.