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Esperando a Rajoy > Juan Julio Fernández

   

Javier Arenas, presidente del Partido Popular en Andalucía y según las últimas encuestas, el llamado a presidir después de treinta años de hegemonía socialista esta Comunidad Autónoma tras las elecciones convocadas para marzo, acaba de decir que mientras en el PSOE están inmersos en tratar de resolver su crisis interna, al PP sólo le preocupa y ocupa la salida de la crisis externa, la que ha dejado a España en peores condiciones -cinco millones de parados consecuencia de una masiva destrucción de empleo- que al resto de los países de la UE.

Alfredo Pérez Rubalcaba, sin acabar de decidir si opta o no a la secretaría general de su Partido, sustituyendo a Rodríguez Zapatero en el congreso federal ordinario del próximo mes de febrero, no deja de moverse para garantizarse un posicionamiento ventajoso -acaba de ser elegido presidente del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados- y adelanta que las directrices que han de guiar al grupo parlamentario deben ser las mismas que inspiraron su programa electoral, todo un contrasentido cuando a ese programa le acaban de dar la espalda nada menos que cinco millones de los que votaron socialista en las elecciones generales de 2008.

Y, entretanto, Mariano Rajoy, encerrado en su despacho de la calle Génova de Madrid y a lo que trasciende, trabajando mucho pero con un hermetismo total.

El calendario electoral español fija unos plazos que pueden llegar a un mes, desde que se proclaman los resultados de las elecciones y se conoce al virtual nuevo presidente del Gobierno hasta que se celebra el debate de investidura previo a su nombramiento, plazo que en la situación en que estamos a muchos les parece excesivo, pero que a Rajoy le permite jugar a ser el Godot de la obra de Becket, alguien a quien se espera pero que no acaba de llegar, manteniendo su imagen de mudo aferrado al viejo aserto de que se es dueño de los silencios y esclavo de las palabras.

También para Zapatero y los suyos este largo plazo les está sirviendo para mantener los encuentros indispensables para concertar el traspaso de poderes y, de paso, tomar decisiones de clara intencionalidad política y algunas más que discutibles, no sólo por cuestionarse si un Gobierno en funciones puede o debe tomarlas, sino porque al hacerlo está condicionando al que ha de sucederle.

Así se han interpretado ciertos nombramientos de última hora; la concesión de subvenciones a entidades y organizaciones con programas, como el de la Memoria Histórica, que quedaron cuestionados por la respuesta de los electores en las urnas; o resoluciones con ánimo evidente de crear polémica o desviar la atención pública -el informe del Comité de Expertos sobre el Valle de los Caídos; y algunos movimientos más que no es cuestión de seguir desgranando.

Rajoy, consciente de que la mayoría absoluta alcanzada es un claro mandato de la ciudadanía para que gobierne sin titubeos, tiene las manos libres para tomar las decisiones que considere las mejores conforme a su programa electoral -ambiguo según Rubalcaba-; a la situación real que encuentre en las áreas de gobierno cuando las conozca por dentro; y a las exigencias que le vaya reclamando una coyuntura económica y social cambiante e incierta. Como apunté en mi comparecencia del pasado domingo -y perdón por citarme- “gobernar no es pastelear sino tomar las decisiones adecuadas”.

Pero a pesar del mutismo total en lo referente al futuro Gobierno, las conversaciones mantenidas con los agentes financieros, la patronal y los sindicatos sin ninguna foto que pueda dar alguna pista sobre los ministrables -ya anunció que nadie los conocería antes que el Rey-, permiten apreciar indicios de su determinación para afrontar una reforma laboral que haga viable la creación de empleo, imprescindible para cualquier política social e impensable sin una reforma previa o simultánea del sector financiero. Y dado su talante real -que no impostado, como el de su predecesor-, cabe pensar que buscará consensos pero que no reculará si no los consigue, dado que la situación de emergencia en la que estamos no permite anteponer la dialéctica parlamentaria ni la contestación social a la aplicación de las medidas que se reclaman como urgentes. Sin duda habrá recortes y es probable que, como ha trasmitido Juan Rosell, presidente de la patronal, se tocará todo lo que sea necesario, aunque él abogue por no tocar las pensiones, “que es lo más intocable”.

Esperando a que llegue Rajoy y hable, también se ha filtrado que entre lo primero que toque estarán las subvenciones a la propia patronal y a los sindicatos. Lo que sí parece seguro es que antes del día 21, fijado para su toma de posesión, seguirá anteponiendo el trabajo y las consultas a cualquier declaración o nombramiento.