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Europa y nuestro futuro > Fernando Fernández

   

Como españoles y europeos, nuestro futuro se decide en el éxito de las medidas adoptadas durante las últimas horas en Bruselas, en relación con la crisis de la deuda soberana que nos acosa y amenaza con poner fin a un proyecto largamente soñado y hoy en riesgo cierto de naufragio. Son muchas las voces que dicen que la solución a la actual crisis se alcanzará con más Europa, pero eso es un voluntarismo que ignora o menosprecia la realidad europea del momento. Por dos razones fundamentales. La primera es que los ciudadanos europeos, muy mayoritariamente, no están satisfechos con la forma y manera en que ha avanzado la construcción de la unidad europea durante los últimos años, especialmente a partir de la introducción del euro. Según los datos de Eurostat, este desapego ciudadano a la causa europea se produce en mayor medida en unos países que en otros, pero incluso en los más europeístas, como podría ser España, el porcentaje de insatisfacción ha aumentado durante los últimos años. Las causas de este desapego son múltiples y no caben en la extensión de este comentario, pero la expresión mas notoria de lo que digo se produjo con el naufragio del proyecto de una constitución europea, rechazada en referéndum por países tan emblemáticos para la causa europea como Francia y Holanda.
Pero hay otro factor de pareja importancia, que ya mencionaban los padres fundadores, sobre todo Monnet y Schuman. La construcción de la unidad europea necesitaba de fuertes liderazgos capaces de movilizar a la opinión pública de sus países respectivos, para poder superar el secular desencuentro entre naciones del continente, Francia con Alemania y ambas con el Reino Unido, por citar a los más notorios. Esos liderazgos hoy no existen, como tampoco los tenemos en la Comisión Europea, institución clave en la arquitectura institucional de la Unión. Desde Jacques Delors, la Comisión Europea ha padecido una influencia decadente hasta la actualidad, lo que ha permitido que Alemania, con la colaboración vicaria de Francia, haya adquirido un protagonismo que se puede entender, especialmente después de la reunificación alemana, pero que ha roto con el llamado método comunitario, consistente en la negociación y el acuerdo entre iguales. Para ser justos, no cabe imputar a la reunificación alemana, tan legítima como deseada y deseable, la responsabilidad única de la situación actual. Producido el colapso de los regimenes comunistas en Europa central y oriental, la ampliación de la Unión hacia el este se hizo de manera precipitada, repitiendo en algunos casos el llamado error griego, es decir, aceptar la pronta incorporación al club de nuevos estados miembros sin estar debidamente preparados y adaptados a la Unión que se venía fraguando desde 1979 hasta mediada la década de los 90 y, finalmente, hasta la adopción del euro como moneda común. De aquellos errores, de aquellos polvos vienen los actuales lodos que atascan el funcionamiento y la buena marcha de la Unión. El Parlamento Europeo, con un creciente poder hasta convertirse en la autoridad presupuestaria de la Unión, se ha convertido más en una cámara de representación y defensa de intereses nacionales que en el motor que había sido de la construcción de la unidad europea. Y así estamos, en la vía de una re-nacionalización de las políticas comunitarias, incompatible con la unión económica y monetaria y con la buena salud del euro. De como se resuelva este dilema dependerá nuestro futuro.