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Fiestuquis > Alfonso González Jerez

   

Tradicionalmente las fiestas se las pagaba uno mismo. Los campesinos disponían de parte de sus cosechas, los ganaderos sacrificaban extraordinariamente algunas piezas, las murgas se compraban los pitos y los trajes antes de llegar Juan Viñas. La fiesta es una celebración ritual en el que la participación colectiva era doble: como organizadores y como beneficiarios, como intérpretes y como espectadores. Pero las fiestas han degenerado, como todo en estos tiempos de perdición, y lo peor ha ocurrido, por supuesto, en el ámbito de las administraciones públicas. En los primeros años del siglo XXI las fiestas de áreas y departamentos de nuestras pululantes burocracias (Gobierno regional, cabildos, ayuntamientos) llegaron a alcanzar una intensidad paroxística. En el Ejecutivo regional cada consejería organizaba su propio sarao y nadie preguntaba quién había pagado el convite en el restaurante, la discoteca, la bolera o el guachinche de postín. En todas estas cuchipandas empapadas de alcohol llegaba siempre el momento en el que parecía rodarse una versión terruñera de la fiesta navideña que todos hemos podido ver en El apartamento y siempre he pensado cuántos Baxter han trenzado parte de su carrera profesional en tan felices aquelarres.

Llegó lo que denominamos crisis, esta miseria discutiblemente almibarada, y después de ciertas resistencias, las fiestas en las administraciones públicas se han retirado discretamente. ¿En todas partes? No. Queda un rincón de las Galias insulareñas que resiste, ahora y siempre, a la recesión invasora. Sí, efectivamente, el Cabildo de Tenerife. El otro día un grupo de probos técnicos y funcionarios celebró una fiestuqui en el Parque Marítimo, un hecho muy meritorio, si se tiene en cuenta que no pueden celebrarse fiestas, por orden municipal, en el Parque Marítimo.

Pero la situación más compleja y apasionante se ha vivido en los últimos días, en los que el equipo de gobierno de la corporación ha insistido en celebrar una fiesta, un modesto cóctel, para todos sus funcionarios, 15.000 euros cuesta la broma compartida, y la mayoría de los funcionarios han mostrado su desacuerdo con el dispendio, y se han cruzado fulminantes correos electrónicos, e incluso se ha organizado un plante después de que circulara una especie según la cual el Cabildo había pagado a sus propias empresas por el regalito navideño que tenía previsto entregar a su personal.

Efectivamente, las fiestas ya no son como las de antes. Ahora los invitados, con un poco más de vergüenza y sentido común de los anfitriones, rechazan ser el público receptor de una estólida, oscura y hasta ensoberbecidad generosidad.