X
Nombre y apellido >

Francisco Rabal > Luis Ortega

   

Este día las bromas de paisanos y medios aligeran la efeméride de la matanza decretada por Herodes de todos los niños varones de dos años en Belén, hecho con serias dudas históricas. Ante las peticiones de un joven curioso, les aconsejé, entre otras lecturas de vacaciones, Los santos inocentes, una obra redonda de Delibes, sobre caciques y oprimidos fuera del tiempo y la ética, editada en 1981 y rodada tres años después por Mario Camus, con un reparto colosal, donde descollaron Alfredo Landa y Francisco Rabal (1926-2001). Dudé en titular la columna Azarías, nombre del deficiente encarnado por el murciano con tanta verdad, riqueza de registros y ternura que lo colocaron en el más alto escalafón de nuestra cultura. Su carrera apabullante -noventa y tres películas, brillantes temporadas de teatro y series televisivas de éxito- y su trabajo con directores tan exigentes como Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti, Gillo Pontecorvo, Carlos Saura y Pedro Almodóvar, entre otros -necesitaba un hito que lo refrendara de modo unánime entre el público y la crítica como el intérprete singular que fue y, en su gloriosa madurez, conmovió al exigente jurado de Cannes con el premio de interpretación compartido con Landa-. Con el consejo para un rato de ocio se activó la curiosidad y la memoria y el DVD me restituyó la estampa de la España profunda y las víctimas de una injusticia histórica que, de algún modo, perviven en este país de los latifundios subvencionados por la Unión Europea y los aristócratas trincones que hablan de sus jornaleros con el mismo desprecio con el que se manifestaban en la novela o el filme, que fue un gran éxito taquillero hace tres décadas. A media película recibo una llamada, donde un viejo y honesto republicano me detalla las últimas peripecias de Urdangarín y me comenta la estulticia e incontinencia de un jinete de pacotilla y tonto a las tres que critica a los andaluces que viven de los subsidios europeos. Sin oficio conocido, uno de los herederos de una fortuna amasada con los saqueos bélicos y de timbres de grandeza que llegaron por el mismo camino, el hijo de la duquesa de Alba -casa rácana donde las haya en cuanto a mecenazgo se refiere- me recordó la vigencia de la parábola del narrador vallisoletano y, sobre todo, las tristes andanzas de Azarías, aquella verdad corporizada por Rabal que, por azar o permiso divino, pudo hacer justicia, la aplazada justicia de los perdedores. Si tuviera la más mínima garantía de que Cayetano Stuart-Fiz James la iba a entender le regalaría por Reyes la novela, la copia del filme o, tal vez, la mordaza metafórica para evitar sus constantes inconveniencias y pésima educación.