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SEMBLANZA> LOS INICIOS DE UN GRAN INTELECTUAL

Gilberto Alemán, actor y autor de teatro

   

POR ELISEO IZQUIERDO

Ángel Camacho, Gilberto Alemán, María Jesús Herrera, Fernando García-Ramos, Arturo Maccanti, Alfonso García-Ramos y Jesús María Godoy. / A. G.

En los años cincuenta y sesenta del siglo anterior vivió Tenerife irrepetibles afanes teatrales, en ocasiones poco menos que heróicos. Es verdad que todavía era pronto para que pudieran percibirse indicios claros de rebeldía -que más de uno hubo- en la generación que no había provocado la guerra civil pero la había sufrido en carne viva mientras iba creciendo. Es cierto también que, sin cauces normales de expresión, férreamente controlados por el sistema político imperante, el teatro se podía ofrecer, y de hecho así ocurrió en más de una oportunidad, como sutil trampolín para expandir en el aire del maltrecho país, con palabra suavemente transfigurada o sinuosa o con ironía, lo que el régimen político trataba de impedir a toda costa que se difundiera. El teatro estaba también secuestrado y apenas cabía hacer, menos aún en estas desoladas soledades.

En ambas décadas se mantuvieron en la Isla varios grupos de teatro aficionado de diferente signo ideológico: Escuela de Arte Dramático del Ateneo de La Laguna, Teatro de Cámara de Canarias, el Teatro Español Universitario [TEU], La Carátula, Sección de Teatro de Radio Juventud, Grupo de Alumnos del Conservatorio, El Tinglado, Teatro de Mímica de la Asociación de Sordomudos de Tenerife que luego se tituló Los Ambulantes, etc. sin que se pueda omitir en este recuento incompleto la labor esforzada y en solitario de quienes, como el entusiasta Alfonso Fernández García en La Victoria de Acentejo, mantuvieron vivo el fuego sagrado de la afición teatral en pueblos, villas y ciudades de Tenerife. Fue una floración en la que tuvo mucho que ver la vocación, el entusiasmo y los conocimientos dramáticos de Eloy Díaz de la Barreda.

Algunos de estos grupos procuraban no mostrar las cartas de su juego al desafío, mientras otros practicaron hábiles escamoteos o inteligentes ardides para burlar censuras varias, porque no era exclusivamente una la que solía actuar.

De tal manera, aunque no fue mucho, se logró a contrapelo, por más de uno de estos conjuntos escénicos, enseñar tímidamente la oreja, en especial mediante la fórmula del teatro de ensayo y de experimentación, las lecturas teatrales sobre todo, menos controlables. Incluso algunos de los que no se caracterizaban por ser desafectos al régimen, llevados acaso de su entusiasmo por la dramaturgia, cooperaron, sin saberlo o sin quererlo, a la apenas perceptible polinización.

Escuadra hacia la muerte

No puede olvidarse, por paradigmática en este sentido, la lectura del alegato antibelicista Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, y cómo reaccionaron en Tenerife los censores. La obra había sido estrenada en Madrid en 1953 por el TPU (Teatro Popular Universitario), “con éxito ruidoso”. En la lectura que de la pieza se hizo a principios de 1954 por el TEU, en la recién inaugurada Casa del Estudiante de La Laguna, tomaron parte Fernando García-Ramos, Antonio Reyes, José Luis Sánchez, Gilberto Alemán, Miguel Melián y José Luis Maury. La dirigió Díaz de la Barreda, verdadero motor del teatro aficionado en las Islas en ese periodo. La introducción, muy hábil e inteligente, la hizo Domingo Pérez Minik. Sobre la mesa, ante los seis actores-lectores, otros tantos cascos militares cedidos para la ocasión por el Grupo de Artillería de Montaña, que se iluminaban conforme tomaba la palabra cada uno de ellos. Era la única referencia escenográfica, además del telón de fondo del improvisado escenario, un paisaje de resonancias bélicas pintado por Pedro González.

El “éxito ruidoso” que, como en Madrid, cosechó la lectura de La Laguna, movió al TEU a repetirla en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Así se programó para el 23 de febrero (¡vaya qué día!) del indicado año. Mas, cuando estaba comenzando el acto, con la sala abarrotada de público, se presentó en el Círculo una pareja de la policía armada con orden gubernativa de suspensión inmediata.

La habilidad de quienes, quizás por no creerlos sospechosos, lograron convencer a los grises de que una interrupción abrupta en aquel momento sería peor que permitir que continuara lo que se había iniciado, hizo el milagro. Pero episodios así traían siempre cola. La censura redoblaba los controles, para evitar que volvieran a producirse situaciones de parecido cariz: había que dar explicaciones, se tenían que renovar lealtades o echar mano de padrinos fiables para sacar a los “responsables” de atolladeros siempre imprevistos, por no hablar del endurecimiento de normas restrictivas y de trabas burocráticas, como la de conceder licencia solo para cada actuación teatral aunque la solicitud fuera para varias, lo que obligaba a repetir el papeleo, etc.

Cuando Gilberto Alemán marchó a Madrid en 1954 para hacer Periodismo llevaba ya en su haber, aparte de tempranas actuaciones infantiles y juveniles en ámbitos domésticos (débiles rescoldos de la vieja tradición isleña del teatro en familia), unos cuantos años de actor aficionado, todos de la mano del entusiasta y tenaz Eloy Díaz de la Barreda citado. Recordemos algunas de esas intervenciones suyas, por la importancia que tuvo ponerlas en escena en el anémico panorama cultural de aquel tiempo en las islas: en 1950 participó con el grupo del Ateneo en Un drama nuevo de Tamayo y Baus; en 1951, con el TEU y los ateneístas, en El maestre de Santiago de Henry de Montherlant, y con el TEU en El anticuario de Dikens; un año más tarde, en El gran cardenal, de Herald van Leyden; en 1953, en el entremés de Cervantes La guarda cuidadosa; y en 1954, en el auto bíblico anónimo del XVII La paciencia de Job y en Murió hace quince años, de Giménez Arnau.

No podía resultar extraño por tanto encontrarlo muy poco después haciendo teatro en Madrid. Su primera intervención como actor fuera del Archipiélago fue en el estreno de Telarañas de Carlos Muñiz, en 1955, por el Teatro de Ensayo de la madrileña Escuela Oficial de Periodismo, de la que Gilberto era ya alumno, con Manuel Ruiz Castillo como director de escena y un elenco del que formaban parte, entre otros compañeros de la EOP, María Fernanda d’Ocón y Mario Antolín, años más tarde figuras notables, cada una en su campo, de la escena española. La prensa madrileña y el propio Muñiz destacaron “la impecable interpretación” que hicieron de la obra aquellos actores aficionados.

Lo que sí sorprendió a alguno fue la aparición de Gilberto como autor de teatro, lo que se produjo dos años más tarde. En mayo de 1957, el TEU de La Laguna, también con Eloy Díaz como director, le estrenaba en el Teatro Guimerá el drama en dos actos Madrid, Plaza Mayor. El sustrato espiritual que nutre con mayor eficacia la escritura de Gilberto Alemán, la del periodista tanto como la del narrador y la del autor dramático, es su mundo personal, el caudal de sus vivencias. Se trasluce en la mayoría de su obra impresa y es patente en esta primera pieza dramática suya, que no siendo autobiográfica y sí, más bien, dibujo leve de la generación que le tocó en suerte, no esconde inequívocas aunque difuminadas vivencias íntimas: el encandilamiento de un mundo inimaginado por imaginado de otra forma; los sueños tanto tiempo incubándose, machacados pronto por la dura realidad; la soledad, la lejanía física y espiritual, el aislamiento, sentimientos difusos de fracaso, y el retorno. Pero sin duda lo más significativo de Madrid, Plaza Mayor -lo señaló en su momento Luis Alemany- es que supuso a la vez que la primera tímida expresión de teatro social en las islas, un cierto acercamiento, como no era posible de otra manera, a la peculiar condición del insular tras la sublevación militar del treinta y seis y la guerra que le siguió. De ahí su significación y su importancia en los anales del teatro canario.

Álvaro Martín Díaz, Almadi, dio en la diana de lo que supuso la juvenil aventura teatral de Gilberto desde la primera inmersión suya en el complejo mundo de la dramaturgia española de posguerra. Opinaba Almadi que Madrid, Plaza Mayor es en realidad “un reportaje periodístico escenificado” [La Tarde, 24.05.1958]. Lo que Gilberto relata en su obra -apostilla el comentarista- es la comedia, no el drama; un ejercicio temprano de periodismo nuevo (la secuencia cinematográfica con la que está construida la pieza resultaba reveladora) aunque, en todo caso, periodismo “liberado de ansiedades efectistas”. Estas peculiaridades las explotó perfectamente el director de la obra.

Díaz de la Barreda supo extraer de Madrid, Plaza Mayor toda la savia y asimismo todo cuanto podían dar de sí los actores que participaron en su estreno: Enrique Agulló, en el prólogo; Carmen Aragón, Manolo Escalera y José Luis Maury, en los papeles principales; Magdalena Sánchez, Francisco Pérez del Barco, Carlos L. Suárez, Adrián Alemán, Genoveva del Castillo, Juan Luis González y J. Domínguez, en los secundarios; y, en la decoración, moderna y escénicamente atrevida para el momento, del joven pintor lagunero Paco Álvarez Carrasco [La Habana, 1933 – Santa Cruz de Tenerife, 1998] sobre bocetos del propio Eloy.

Decorado de Madrid, Plaza Mayor, del pintor lagunero Francisco Álvarez Carrasco. / DA

Joven

Con este bagaje de escritor aplaudido a los veinticinco años, lo que entonces hasta se tuvo en los cenáculos más conspicuos como una osadía (alguien, por las mismas fechas, al tiempo que me felicitaba por cierto trabajillo, me dijo: ”¡Qué lástima que seas tan joven!”; manes de la gerontocracia), Gilberto presenta su segunda obra dramática al primer concurso literario Santo Tomás de Aquino, convocado por el SEU del distrito universitario de La Laguna en 1958 y fallado el 6 de marzo del siguiente año, al término de una cena con crecido número de asistentes e inusual expectación, por lo novedoso, en el lagunero hotel Aguere.

El certamen, fue empeño personal de Emilio Sánchez Ortiz, alentado por la gente joven que empezaba a asomarse al brocal de la literatura en las Islas, no sin el recelo de algunos pero también con el apoyo explícito aunque prudente de otros (Pérez Minik, María Rosa, García Cabrera, Westerdahl, Lite, Tovar…). Lo importante de este primer Santo Tomás de Aquino, y lo que sin duda lo reviste de especial valor y significado, es que resultó ser, sin pretenderlo de manera expresa, el sonoro aldabonazo de una generación de escritores, la bautizada como “generación universitaria de La Laguna”, que entraba poco menos que en tromba en el amedrentado panorama de las letras canarias de la posguerra, abriéndose paso con decisión e inaugurando un nuevo capítulo de la literatura canaria del siglo XX.

Por lo que tuvo de surrealista más de un episodio de los vividos entonces, desvelaré, cuando se ha cumplido ya más de medio siglo de aquel acontecimiento literario, algún entresijo, incluso para enriquecer el anecdotario de la época, aunque lo haga con la prudencia del caso, pues me tocó en suerte -es un decir- la tarea añadida de secretario del tribunal juzgador de los trabajos, al ser el miembro más joven del jurado.

Como suele ocurrir en este tipo de certámenes, en los más de treinta trabajos presentados había de todo: desde los que destacaron desde el primer momento por su calidad hasta los que pedían a gritos ser arrojados a la papelera sin pérdida de tiempo. Entre estos últimos había uno que pretendía pasar por novela breve. El engendro estaba trufado con citas de Franco y de José Antonio a pie de página, pero además, en uno de los capítulos, el autor se solazaba en la descripción, ni erótica ni pornográfica sino simplemente guarra, del fugaz trance de un soldado con una infeliz sirvienta como ente pasivo, a la que había arrimado a una palmera en el lagunero Paseo Largo. El gobernador Galindo, que como tal había impuesto ser parte del jurado, puso el grito en el cielo cuando leyó el episodio de marras. Consideraba intolerable que un universitario se refocilara con semejante “inmundicia” y, pese a no ser el presidente del tribunal -lo era el decano de Filosofía y Letras de La Laguna doctor Alfonso Candau Parias- exigió que se abriera la plica con el nombre del autor, lo que no fue posible en ese momento porque este secretario la guardaba con las demás en su domicilio. Al finalizar la reunión, Santiago Galindo me insistió, autoritario: “El próximo día quiero tener aquí las plicas y saber quién escribió eso. No te olvides”. Estaba clara su determinación de aplicarle al zafio aprendiz de novelista un duro correctivo.

Preocupado por la actitud del gobernador y por la que se me venía encima, logré hablar en cuanto pude con el presidente del jurado. No estaba dispuesto a cumplir la “orden” del gobernador, porque llevaba consigo delatar a una persona, pero tampoco podía oponerme a ella y ser víctima de su ira. ¿Qué hacer? Después de no pocas cavilaciones, el profesor Candau, filósofo él, llegó a una solución esperpéntica: yo permanecería en mi domicilio, entre sábanas, fingiendo estar enfermo, hasta después de elegidos los finalistas, y la noche del fallo solo llevaría a la última reunión las plicas de estos. Por cierto que uno de los días de la forzada reclusión se presentó en mi domicilio un desconocido. Pensé inmediatamente en un emisario policial, pero no; era ¡asómbrense! un concursante que, con ofrecimientos varios, venía a implorar mi voto. Obviamente, el sujeto no era ninguno de los autores que fueron premiados.

Pasada la medianoche y ya en las primeras horas de la festividad del patrono de los estudiantes, se daba a conocer por el doctor Candau el nombre de los galardonados en poesía: primer premio, Arturo Maccanti, con el lema Bronce, por Poemas para un niño que murió en noviembre; segundo, Fernando García-Ramos, lema Basalto, por Oda a mi isla natal; y una mención honorífica para María Jesús Herrera, por los poemas presentados bajo el lema Sugerencias.

A continuación, el fallo de teatro. El primer premio fue para Gilberto Alemán por Al final de la calle, que se escudó en el lema Cástor y Polux; y el segundo, para Ángel Camacho Cabrera, por La nieve sobre los tejados, con el lema Bambalinas. Había llegado, por fin, el momento de dilucidar el premio de novela corta.

Fue entonces cuando Santiago Galindo Herreros, frotándose las manos, pidió los sobres lacrados con los nombres de los concursantes. “No he traído sino los de los finalistas”, acerté a decirle. Solo en un par de ocasiones alguien me ha mirado con tanta ira, como dispuesto a fulminarme. Pero antes de que pudiera descargar sobre mi insignificante persona todo su despecho, Candau lo detuvo: “Se lo indiqué yo. Además, si les parece -añadió, dirigiéndose a todos los miembros del tribunal calificador- solo se van a abrir las plicas de los premiados, como en los dos fallos anteriores”.

Galindo sabía de sobra que el catedrático Candau era colega y amigo íntimo de Pérez Embid, su padrino y protector. No tuvo otro remedio que envainársela. Los premios de novela corta fueron para Alfonso García-Ramos el primero, con Teneyda, lema Pierrot, y para Jesús María Godoy el segundo, por Viaje de amor, lema Capricornio.