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LA CLAQUETA > FRAN DOMÍNGUEZ

Huelga de sexo en el Magreb

   

Fotograma de 'La fuente de las mujeres'

Al socaire de los vientos de cambio y de aire fresco que parece que pululan por algunos países del mundo árabe -tímidos todavía en determinados casos, y con poco fuerza-, nos llega una película que se sube a este carro, no desde un punto de vista político pero sí social: La fuente de las mujeres, del director de origen rumano Radu Mihaileanu, filme que participó en la última edición del Festival de Cannes.

Mihaileanu, quien firmó -por refrescar la memoria del lector- la muy recomendable El concierto (2009), éxito internacional y nominada a los Globos de Oro, narra ahora las vicisitudes de un grupo de mujeres de una aldea perdida norteafricana que desde tiempo inmemorial tienen que ir a buscar el agua a las montañas, recorriendo un largo camino con pesadas cubas en sus hombros sin que los hombres del pueblo muevan un dedo, no sólo para ayudarlas, sino para ni siquiera molestarse en canalizar el líquido elemento hacia el poblado, demasiado ocupados en beber té y en mirar a las musarañas.

Basada en una historia real acaecida, en este caso, en Turquía, las mujeres, lideradas por la esposa del maestro de la localidad, inician, hasta solucionar el problema, lo que ellas llaman una huelga de amor (más bien de sexo).

En clave de cuento, con tintes de comedia que rebajan en realidad una situación mucho más cercana al drama, la de una sociedad en la que impera la desigualdad de géneros por tradición, el realizador nacido en Bucarest esboza un emotivo filme, subrayado por una notable fotografía que enciende la belleza indomable de los paisajes áridos del Magreb y por un elenco de buenas actrices lideradas por Leila Bekhti, en el papel de singular activista. En el ambiente de la película, algo confesado por Mihaileanu, planea también con claridad Lisístrata, la obra del griego Aristófanes, en la que se ensalza, entre otros aspectos, la determinación femenina.

En definitiva, cintas como La fuente de las mujeres vienen a contribuir, aunque sea modestamente, a encender conciencias y a que la llamada Primavera Árabe se consolide y extienda, y no se limite a meros cambios políticos. La democracia en esas naciones nunca será posible si no se logra una convivencia más igualitaria, moderna y tolerante.