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Igual que en Broadway

   

El musical Sonrisas y lágrimas ha elegido a Tenerife como punto de partida de la gira por España. / S. MÉNDEZ

SANTIAGO TOSTE | Santa Cruz de Tenerife

Pergeñar en y desde España un musical al más puro estilo de Broadway o del West End londinense constituye un deporte de alto riesgo. Y más considerando que esta circunstancia -que por supuesto no tiene por qué tenerla en cuenta la persona que adquiere una entrada-, a menudo la obvian ciertos empresarios metidos en aventuras que prometen más de lo que dan.

Pero, por suerte, también hay ocasiones en que esa promesa de calidad no defrauda. Casos en los que se plasma con acierto la firme -y laboriosa- voluntad de alejarse de la trampa y el cartón; donde, en suma, el público no se siente engañado. Y justo eso se apreció el martes en el Auditorio de Tenerife Adán Martín, en el estreno nacional de Sonrisas y lágrimas, una revisitación de un clásico entre los clásicos dirigida por Jaime Azpilicueta.

Durante casi tres horas, el público asistió entusiasmado a las peripecias de esa familia austriaca, los Trapp, a la que se le da también eso de cantar. Un musical que transcurre en el momento previo a la ocupación de Austria por la Alemania nazi, y donde María (Silvia Luchetti), la novicia metida a institutriz de los siete hijos del capitán George Von Trapp (Carlos J. Benito) nos lleva, junto a casi tres decenas de personajes, por una historia de sonrisas y lágrimas que habla de cosas como el amor, en varias sus vertientes, la libertad, o la necesidad de anteponer los ideales a los intereses.

Arropados por una orquesta dirigida por Julio Awad, casi sin pausa, pero también sin fatigarnos, los intérpretes, entre los que figura, por ejemplo, la popular Loreto Valverde en el papel de la baronesa, desgranan con acierto los temas que un día compusieron Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, y que al poco se convirtieron en clásicos: Do, Re Mi, Adiós, Edelweiss…

Al hablar de las voces, uno de los aspectos más notables del montaje de Azpilicueta, hay que mencionar la de Noemí Mazoy, que encarna a una inolvidable abadesa.
Un equipo de más de 100 personas, 22 cambios de escenario, o los 140 trajes que se ponen en escena contribuyen a la brillantez de una propuesta que podrá verse en el Auditorio hasta el 2 de enero. Y eso que un musical con el nazismo como telón de fondo exige cierto ejercicio de abstracción (sí, es cierto que resulta chocante aplaudir ese número en el que la familia Trapp canta con una gran esvástica como decorado), pero justo eso es lo bueno de los musicales: el espectáculo y la fantasía priman sobre la credibilidad.

De manera que de auténtico regalo de Reyes adelantado puede calificarse el que ha recibido ahora el público tinerfeño con Sonrisas y lágrimas. No en vano, hablamos de un público con especial querencia hacia este tipo de espectáculos, que hasta ahora no ha dudado incluso de hacer grandes desplazamientos para poder disfrutarlos.