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Intercambiador y Palacio de Justicia > Miguel L. Tejera Jordán

   

No soy supersticioso. Pero los sucesos del martes 13 me han puesto los pelos de punta. No valoraré la muerte de dos niños a manos, supuestamente, de su madre. Y no entraré en el tema porque, según los indicios disponibles, la madre no actuaría como tal, sino como una perturbada que no sabía lo que hacía. Tampoco me detendré en si recibió o no colaboración necesaria de otra persona allegada. El trágico suceso tendrá que ser analizado por policías y siquiatras, quienes finalmente aconsejarán al juez qué hacer con Sonia y con su hipotético colaborador en este horrendo crimen. Y si todo ha ocurrido como cuentan, lo más probable será que Sonia dé con sus huesos en un recinto especializado, del que no pueda salir, ni hacer más daño a nadie, incluso a sí misma, ya que todo en su perfil mental habrá de ser minuciosamente observado por los expertos. Lo mismo, con su posible socio. Los niños ya están en el Cielo, que a lo mejor no existe, si bien un servidor sí que cree que es el lugar al que siempre van los niños cuando dicen adiós. Porque el Cielo, aunque no exista, habrá que inventarlo, exclusivamente para ellos. Los jueces que indaguen, no obstante, en el entorno médico y de los servicios sociales de la autora o autores materiales de la doble y absurda muerte. A lo mejor encuentran a un culpable, por negligente, con la cabeza bien amueblada arropado en bata blanca. Lo del Intercambiador ya no es una cuestión de cielo, ni de limbos. Es un asunto enteramente terrenal, del que espero y deseo salgan trasquilados quienes tuvieron que ver con las técnicas de seguridad de un recinto público, abierto como servicio a la colectividad hace unos tres años y pico. Y pico y pala es lo que pido para quien no vigiló que los anclajes del techo debían estar en su sitio, o para quien se olvidó de las tareas de mantenimiento necesarias para garantizar que la techumbre no se vendría abajo, no ya un día de temporal como el del Delta, sino un día normal y tranquilito.

Vamos a ver: el martes 13 hubo una tragedia y pudo haber dos en la isla, en la capital de la isla. Y a un servidor, como es natural, no le agrada que los nombres de la ciudad en la que vive y de la isla que le vio nacer salten a los titulares de los grandes periódicos nacionales y extranjeros por culpa de una tragedia de grandes dimensiones -que sería lo último que nos faltaría para dar al traste con nuestro ya dañado panorama turístico- porque a unos señores, que deben tener nombres y apellidos, les dio por hacer la vista gorda con unas planchas metálicas que, según todos los indicios, ya presentaban fallos serios de sujeción, denunciados a su debido tiempo por personal de la empresa Titsa y por testimonios de otros trabajadores y transeúntes que circulan a diario por el Intercambiador.

Quiso la fortuna que el desplome no cogiera a nadie debajo, porque era de noche y la vieja de la guadaña dormía dulces sueños. Porque, de haber estado despierta, habría sido tal la escabechina (perdonen la expresión) que hubiéramos tenido que celebrar un funeral de mil pares de diablos en Navidad y Año Nuevo.

Pero regreso al ámbito de la justicia. Dije arriba que si es cierto que una mujer perturbada mental y un compinche igual de chiflado dieron muerte a los niños -y se demuestra-, corresponderá a la dama de la venda en los ojos ser magnánima, es decir justa, con una o dos personas que no estaban en sus cabales cuando hicieron lo que hicieron. Ya se verá. Pero la magnanimidad, justificada, en un caso, debe tornarse en severidad sin contemplaciones para quienes, por negligencia, estuvieron a punto de pasaportar a muchos de sus congéneres hacia las nubes.

Señorías: del Intercambiador al Palacio de Justicia, no hay más que un paso.