X

Juan Antonio Cruz Auñón > Julio Fajardo

   

En diciembre de hace cinco años, se marchó Juan Antonio Cruz Auñón. Hacía un tiempo que se había jubilado, retirado a su casa de El Sauzal, por eso la gente de La Laguna se fue acostumbrando poco a poco a su ausencia a fuerza de no verlo en su trajín habitual por la ciudad. La vida es como una puesta de sol que va anunciando su caída mientras enciende el cielo lentamente de rojo para luego desaparecer vertiginosamente tras el mar dando paso a la oscuridad y a la guía de las estrellas. Juan Antonio se fue un día de diciembre con la misma discreción con que el sol lo hacía cada tarde frente a la mirada atónita desde su balcón.

Cinco años es tiempo suficiente para hacer un recuento del recuerdo. La notaría de la calle de La Carrera está ahora vacía de escrituras y legajos y el trajín de las transacciones de una época económicamente febril se ha transformado en el consumo pausado de tapas y montaditos, adaptada a la nueva imagen de una ciudad que se empeña en descubrir su historia con un acercamiento a la modernidad. Cuando Juan Antonio prestaba su fe a los asuntos que los ciudadanos acordaban para entenderse mejor, aún no había sido declarada Patrimonio de la Humanidad, pero esto no quiere decir que fuera menos importante, solamente era diferente y a buen seguro que estaba construyendo esa historia dinámica e imparable que siempre la ha hecho tan atractiva. Era menos fachada, menos decorado, pero más viva e interesante, si cabe. Cualquier tiempo es bueno para hacer historia y el que Juan Antonio pasó entre nosotros fue suficiente para enriquecerla.

Juan Antonio vino a ejercer su profesión en el año cincuenta y se quedó definitivamente aquí, sin renunciar a desempeñar el cargo de cónsul de su adorada Sevilla. La Laguna entonces era una ciudad más universitaria. Quiero decir que la Universidad estaba más incrustada en la ciudad que como lo está ahora, desgajada en el exterior como si fuera una gran superficie. Parecía oler a claustro y a seminario en todos sus rincones y, como no, en la casa de Juan Antonio Cruz Auñón se daban cita los catedráticos de la Facultad de Derecho para impartir sus lecciones magistrales bebiendo güisqui en el entresuelo. Todos los acontecimientos reseñables que ocurrían de manera extraordinaria en Aguere tenían su reflejo oportuno en la casa del notario. Hasta el nacimiento de Los Sabandeños fue rubricado allí, con un padrinazgo protector que siempre los acompañó. Cuántas cosas surgieron al amparo de su consejo sabio, cuántas noches con la luz del despacho encendida hasta la madrugada, porque el esfuerzo parecía no hacerle mella. Como decía Antonio Duque: era al primer andaluz al que había que curar del mal de gustarle trabajar. Juan Antonio sabía enderezar jurídicamente cualquier asunto, esto lo conocíamos en el Ayuntamiento cuando recurríamos a su asesoramiento desinteresado. Siempre pensé que había algo que le debíamos a esta persona que nunca nos demandó cobrar. Un famoso personaje lagunero puso de moda una frase: “a las aves de paso: cañazo”. Forma parte de esa cultura de la desconfianza que caracteriza a los isleños, por la cual todos los que se acercan a sus costas traen la sospechosa intención de la piratería y la rapiña. Por el contrario existen algunos que vienen para quedarse, que se enamoran de la tierra en la que viven y que la quieren y la engrandecen más que sus propios hijos, si esto es posible, que sí lo es. Juan Antonio Cruz Auñón fue uno de esos seres excepcionales y esto lo sabemos de sobra los que vivimos a su lado y supimos saborear su aprecio y su cariño de hombre bueno. Como notario sabía lo que valía nuestro patrimonio y nos enseñó a defenderlo y apreciarlo igual que si fuera el mejor adalid de entre los habitantes de estas tierras. Me consta que fue así y así lo digo.

Los hombres son inmortales por sus actos, los datos que dejan para que los conozcan los que vienen después. Algunas personas se convierten, por su profesión y por su manera de ejercerla, en fabricantes de memoria. Juan Antonio la almacenó por toneladas para colmar archivos, pero también fue capaz de llenar los recuerdos de quienes vivieron con él.

A las ciudades las hacen los hombres que las viven y éstas, a su vez, se convierten en los candiles para alumbrar sus vidas, que quedan colgadas para la eternidad como esos luceros que vemos en el cielo después de millones de años de haber muerto sus estrellas.

La ciudad estará viva mientras exista vida dentro de ella que la alimente, si no es así se convertirá en una ruina, en una reseña, en un pedrolo para visitar con nostalgia. La ciudad es, por tanto, el recuerdo del paso por ella de la gente que la habitó.

El olvido de esta condición es el anuncio de su muerte y de su desaparición. Juan Antonio Cruz Auñón se pasó la vida dando fe de estos asuntos. No estaría de más que le devolviéramos esa disposición y fuera La Laguna la que decidiera otorgar constancia, dar fe definitiva de su paso por ella. Todavía estamos a tiempo de agradecérselo.