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La última (columna)> Jorge Bethencourt

La revolución y la ira > Jorge Bethencourt

   

De las cosas más seguras que existen, la más segura es la duda. Pero nos ha tocado vivir un tiempo de certezas. Todo lo que percibo en esta sociedad, desde las columnas de opinión a las tertulias de barra de bar, es una aplastante convicción de que quien se expresa está en posesión de la verdad absoluta.

El huracán de la crisis se ha llevado los andamiajes de una falsa riqueza que pensábamos duradera. Y por el esqueleto de los cimientos de la prosperidad, ya desvestidos de paredes, se escucha ahora el ulular de un viento airado. Hay rabia porque esto no va bien. Y la ira trepa como una enredadadera hasta las torres más altas de los palacios. El vértigo de la cólera convierte en carne de hamburguesa a cualquiera y en muy poco tiempo. A la primera adversidad, crítica o fracaso, todo el mundo cae en la trituradora. Y el pueblo soberano empieza a despertar de su siesta con muy mala leche.

La democracia representativa tiene grietas cada vez más preocupantes. El descrédito institucional, al que se han abonado los partidos políticos con precisión de relojero, ha cortado como un cuchillo el vientre del Estado que hoy yace con las tripas abiertas a los ojos de los ciudadanos. Cada día escucho a más y más jóvenes, hartos de todo, defender que el poder del pueblo no se limita a votar cada cuatro años. Que la democracia real consiste en el gobierno de todos y no de unos pocos. Esto va más allá de que seamos convocados con más frecuencia a referendos. Se trata de una objeción a la esencia misma de unas democracias usurpadas por la partitocracia y los burócratas.

Pero ese mismo discurso, por cuanto tiene de razonable, ha sido la gasolina con la que algunos supuestos bomberos han incendiado la historia. La ira del pueblo fue el combustible para un golpe de Estado del ejército español que duró casi medio siglo, para que una Alemania fracasada pusiera sus destinos en manos de un iluminado que convirtió Europa en un cementerio o para el final de un decrépito zarismo feudal y el comienzo de un régimen de terror y represión. Si la historia nos enseña algo es que de la semilla de la ira sólo crecen espinas.

Todas las coléricas certezas que tanto escucho ahora tienen ecos de otros tiempos. Así que cuidado, chicos, hay cosas peores que la peor de las democracias.

Twitter@JLBethencourt