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sucesos > muerte violenta de dos niños en vistabella

Lágrimas sin consuelo

   

Varios amigos y familiares arropan al padre de la niña Tindaya, antes del sepelio de los menores, este viernes en el tanatorio. | F. P.

JOSÉ LUIS CÁMARA | Santa Cruz

Dolor, rabia, desesperación. No hay término posible que pueda definir lo padecido en los últimos días por los familiares y amigos de Tindaya y Joseba, los dos niños que fueron encontrados muertos el pasado martes en el capitalino barrio de Vistabella. Los padres y abuelos de los menores pudieron al menos despedirse de ambos, en una ceremonia que se llevó a cabo en la mañana del viernes en el Tanatorio Servisa Tenerife. Acompañados por amigos, conocidos y vecinos del barrio, Tindaya y Joseba fueron incinerados después de un acto de honras fúnebres oficiado en la propia capilla del tanatorio.

Para Marco, padre de la niña de 11 años, como para el resto de la familia, no hay consuelo posible. “Cómo pudo ocurrir algo así”, comentaban todavía incrédulos varios compañeros de trabajo del padre de Tindaya, al que tuvieron que sujetar en varias ocasiones porque las piernas no le permitían seguir en pie. De hecho, hizo un esfuerzo sobrehumano para salir del hospital y acudir al sepelio, después de llevar casi dos días en tratamiento tras la severa crisis nerviosa sufrida el pasado martes.

“Pérdidas así nunca se llegan a superar del todo, porque su hija era su vida”, agregó Carlos, un amigo de la familia, que desde que se enteró de la noticia no ha parado de darle vueltas a todos y cada uno de los ratos que compartió con Sonia, a la que nunca creyó capaz de hacer algo así. Tampoco a Jesús, el padre de Joseba y posible inductor del macabro suceso, que algunos ayer relacionaban con su presunta condición de vidente o santero.

“Eso fue cosa de él”, espetaban dos jóvenes vecinas de Vistabella, madre una de ellas de un compañero de colegio de Tindaya, a la que definieron como una niña “alegre y muy educada”. “Nunca vimos a la madre tratar mal a los niños, aunque hay gente que la conoce de más tiempo, que dice que estaba medicándose por una depresión”, agrega la otra chica, quien admite que el barrio está consternado y aún se cuestiona por qué nadie pudo intuir que en el número 4 de la calle 1ª Armenia pudiera llegar a ocurrir una tragedia de tal calado.

A las puertas de la capilla del Tanatorio, más comentarios y opiniones. Dentro, solo aflicción y silencio. Tras la misa de ángeles, el padre de Tindaya y su actual pareja dieron el último adiós a los niños, derrumbados por una situación que les costará semanas, meses, digerir. “No es justo que se hayan ido”, sollozaba una tía de los menores, la misma que podría haber sido la primera en llegar a la casa aquella tarde, y posiblemente la primera en ser consciente del dantesco episodio que se había vivido unas horas antes.