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Las voces > Rafael Alonso Solís

   

Cuando el columnista acaba por hablar de sí mismo es que no se le ocurre nada, o que ha envejecido de golpe y se le ha quedado la memoria congelada en un gesto, en una mirada, en una voz interior. En el último caso, ésta aparece de improviso, mezclada con los anuncios publicitarios y con las canciones de navidad, que hace tiempo llaman a la puerta repitiendo un estribillo nacido para producir la apariencia de paz en tiempos de guerra. Al principio, las voces suenan como si se tratase de una reflexión nacida de la contemplación, como se supone que le pasaba a Teresa de Ávila. Las voces interiores están estrechamente ligadas a la mística, forman parte de un mundo en el que las barreras han desaparecido y los conceptos de dentro y fuera se funden en una sensación de unidad total, de vacío infinito. A veces, incluso, desaparecen hasta los números, y solo se queda el uno dominándolo todo, siendo todo y nada a la vez, como si hubiéramos regresado al principio de las cosas y la realidad fuera aún un fragmento de inmensidad a medio hacer, un futuro sin escribir, y no una profecía de sacrificios como nos anuncian los agoreros. De eso último van mis voces. Cuando comencé a escucharlas tenía la sensación de que salían de la radio, porque estaba encendida y sonaba como si tal, repitiendo una y otra vez las palabras de un célebre economista tinerfeño a través de una entrevista interminable. Una entrevista que le hacen todos los días, a distintas horas, y en la que siempre contesta lo mismo. En ocasiones, sin embargo, se va la luz y las voces siguen sonando con la misma cadencia, o se mezclan con letras de las canciones de Rosendo, que yo creo tratan de devolverme el sentido y recordarme la equivalencia entre el ser humano y el berberecho, siempre en masculino singular y con acento de Carabanchel bajo. Lo cual que todo debe ser una ilusión y salir del interior, puesto que para escucharlo no hace falta ni electricidad ni pilas, es decir, que son sonidos ecológicos, que no consumen energía y constituyen un ejemplo de sostenibilidad. Pero sigo sin saber cómo ha empezado todo, porque esas voces no han estado ahí siempre, lo que me hace sospechar, con cierta esperanza, que también tengan fecha de caducidad y la entrevista interminable se acabe alguna vez. Por si acaso, voy a poner a Rosendo en todos los reproductores para contrarrestar el fenómeno, al menos mientras no se sequen las pilas. O hasta que me haya aprendido sus canciones de memoria y suenen por encima de las voces interiores, tan insistentes como un mantra perverso que alguien ha diseñado para evitar que oigamos otra cosa.