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Lenta agonía > Jorge Bethencourt

   

Mi amigo P tiene una pequeña tienda de electrónica en Santa Cruz. Una empresa familiar que empezaron sus padres y ahora trabajan él y su hermana. No forma parte de ninguna comisión de estudios de ningún gobierno, pero tiene muy claro lo que está pasando. Que estas navidades hay menos ventas aún que en las pasadas, que ya fueron malas. Que cada día trabajan más y cada vez hay menos negocio. Y que no es solo por la crisis económica, sino por la otra crisis de una ciudad que se muere.

P también sabe que paga más impuestos que antes, a pesar de que hay menos ventas. Las grandes superficies comerciales se han llevado una parte del negocio. Pero no sólo eso. Hace años, comprar en Canarias era un atractivo porque los aparatos electrónicos, el tabaco, la ropa y los complementos eran más baratos. Tenían menos impuestos. Hoy dicen que tenemos menos impuestos, pero el precio de los productos es igual -o más caro- que en Madrid o Barcelona.

Sin tener que atisbar las cifras de la macroeconomía canaria, mi amigo P tiene claro que la burocracia que se ha creado en las islas ha edificado un tinglado tan caro de sostener que tienen que ordeñar cada vez más a trabajadores y empresarios. Cuando tiene una mercancía retenida en los muelles semanas y semanas, porque la administración se ha hecho la picha un lío con los papeles o porque hay un trámite que se retrasa, pierde tiempo, dinero y clientes, sin que pueda reclamar a nadie que le haga caso.

P es muy pesimista sobre Santa Cruz. Piensa que se está muriendo desde hace años sin que se haga nada por remediarlo. Mira los miles de cruceristas que llegan cada semana a nuestros muelles y que no se quedan en Santa Cruz. Cree que es porque el aspecto de nuestro puerto es lamentable. Porque la entrada a la ciudad da pena.
Porque no tenemos nada que ofrecerles después de haber vivido toda la vida de espaldas al turismo y haber llenado el frente de la ciudad con viejos tinglados, contenedores, herrumbre, suciedad y grúas al por mayor.

Cuando le digo que la culpa es de todos y también de los comerciantes, echa chispas por los ojos. Trabaja nueve horas diarias detrás del mostrador, seis días a la semana, más las horas de clasificar mercancía, poner precios, hacer declaraciones de impuestos, pagarlos… ¿Qué más puede hacer? Cuando me marcho le deseo feliz Navidad. Luego me doy cuenta que la tienda está vacía y salgo zumbando antes de que me mate.

@JLBethencourt