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Lo que no fue > Jorge Bethencourt

   

Ella le pregunta por encima del café. “¿Cómo sería hoy?”. No responde. Los dos se quedan recordando aquel tiempo en que eran jóvenes e inconscientes: o sea, felices. Ella tiene la mirada dulcemente perdida hacia un paisaje que está más allá de las paredes del bar. El recuerda todas las veces que lo han hablado. Los dos son universitarios. Agnósticos, si no ateos. No creen que en cada ser humano exista un hálito divino. No existe ningún alma, sino sinapsis, electricidad, pensamiento, experiencia, carácter. ¿Pero cuándo es un ser humano un ser humano? ¿Existe alguna diferencia entre los segundos en que el feto está dentro del útero y el otro instante en que le sostienen los brazos de sus padres? ¿Es plenamente una persona solo por estar fuera del cuerpo de su madre?

La iglesia y los gobiernos no tienen respuestas, solo doctrinas y conveniencias políticas. No les importa mandar a la muerte a millones de personas adultas, jóvenes en la flor de la vida, plenamente humanos, completamente humanos, para defender o atacar unas líneas imaginarias sobre un mapa. Pero enjuagan su hipocresía con los “indefensos” proyectos de persona, porque dicen no pueden defenderse. Como si aquellos millones de jóvenes que enterramos pudieran esconderse de la metralla y el plomo, víctimas colaterales de los nacionalismos de estado.

Ella suspira y recuerda cómo discutieron dónde establecer el límite. ¿En la fecundación del óvulo y el inicio de la multiplicación celular? ¿Cuando la morfología del feto empieza a completar el diseño de un pequeño ser humano? Algo pueder ser potencialmente un ser, pero un proyecto no es una conclusión. Ovulos y espermatozoides por millones se pierden todos los días en un planeta con siete mil millones de seres humanos. Les costó -vaya si les costó- pero tomaron una decisión. No era el momento. Años más tarde vinieron los otros niños. Esos chicos que hoy solo ven en las Navidades, altos, simpáticos, extraordinarios. Aquella experiencia quedó atrás. Pero aún la recuerdan. Ella suspira, sonríe y se levanta. Pasan junto a la mesa de al lado donde un imbécil lleva media hora diciendo que el aborto es un crimen. Ella se detiene y lo mira. Y el tipo se calla como si le hubiese dado una bofetada. En la calle ya hace frío. Se cogen del brazo y se alejan caminando para terminar las compras. Ninguno habla. Pero se conocen bien. Han sido compañeros leales. Y saben que el otro está pensando en lo mismo. ¿Cómo sería hoy? Y no existe ninguna respuesta. Porque el futuro existe sólo cuando existe el pasado.

@JLBethencourt