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Los ingleses > Domingo-Luis Hernández

   

Se ha hecho famosa la frase que dice que cuando los ingleses observan la pesada y persistente niebla sobre el Canal de la Mancha afirman: “el continente está aislado”. Ocurre, sin embargo, que la frase no es de allí, surge en este lado del mundo después de caer en la cuenta de cómo son los ingleses, porque a ellos les toca las narices que haya niebla o no en el Canal de la Mancha.

Recuerdo una visita a lo que un año después se convertiría en la New Tate. Nos acompañaba, con las explicaciones oportunas, el arquitecto Jacques Herzog. Después del recorrido exhaustivo por las instalaciones salimos al patio que da a la rivera del Támesis, en torno al lugar que sería unido con la otra orilla de Londres por el Puente del Milenio de Foster. Herzog nos dijo: “y aquí construiremos un jardín continental”. “No, no”, corrigió, “jardín europeo, que así es como lo llaman los ingleses”.

Quien ha vivido Londres con cierto detenimiento tendrá presente esa versión: Europa, no continente. Es decir, los ingleses no son insulares, son continentales; no viven en un mundo al revés (como comentó con gracia Woody Allen en su Scoop), viven en su diferencia, que es otra cosa.

Luego, aquí nos encontramos ante otro sustancial equívoco. No es el británico David Cameron el que le ha dicho no a Europa, es Europa (y ya era hora) la que le ha dicho a David Cameron hasta aquí has llegado, se acabó. Y el “hasta aquí has llegado” significa que este ya no es momento de aceptar el “sí” que es al mismo tiempo un “no” de los británicos. Si en la construcción de la Europa periclitada era inevitable contar con la Gran Bretaña (a pesar de todo), la nueva (o supuesta nueva) Europa ha de lanzar al abismo esa carga. Porque los británicos siempre han andado con el rostro a dos bandas. Se vivió ese tenor con Margaret Thatcher: condena a los estados que Europa creó es pos del super liberalismo norteamericano. Lo consiguió; lo impuso por ser europea la Gran Bretaña. Al tiempo que presumía de ser la correa de transmisión del conservadurismo más extremo del otro lado del mundo. Así nos va, después de los manejos financieros sufridos y de las nuevas concepciones de estado.

La Gran Bretaña lo hacía irrevocable: cuando Europa se fortalecía, era necesario bajar puntos (como logró Tony Blair), o gastar euros en guerras que otros comenzaron, o destrozos que otros propiciaron… Tal cosa con ayudas precisas: Thatcher, Blair…, digo. Con el “sí”, fondos importantes recorren el camino de Bruselas hasta Londres, a pesar de la niebla del Canal de la Mancha; con el “no” preservan su intocable vigor.

Luego, Cameron miente. La cuestión no es cederle más soberanía a Bruselas; la cuestión es construir la soberanía de Bruselas, como construyó Estados Unidos su soberanía, con un Banco Central productivo (como el suyo), por ejemplo. Y eso marca arritmias que ni Cameron ni lo que Cameron representa se pueden permitir. El sí de Cameron sería tanto como estar dispuesto a desarticular un Estado. De donde, no sólo es importante la protección de la City (cual Cameron repite) sino que es más importante aún negarse a poner al cuidado de Europa lo que la Gran Bretaña en estos momentos es.

Lo primero es incuestionable. El año pasado la City generó un negocio de 145.000 millones de euros y 62.500 millones de contribución fiscal. La City representa el 10% del PIB de la Gran Breña. De modo que la estancia de los ingleses en Europa implica bailar al mismo tiempo con dos aliados: Dios, o afirmar en el seno de Europa que apuestan por el control, por el cambio, por un nuevo sistema…, y el Diablo, o andar sobre el torbellino de la más delirante especulación financiera, esa que ha dejado tocada del ala a los mercados europeos, y a los bancos ingleses.

Lo segundo es también incuestionable: aparte del mayor nivel de paro desde el año 1994 y de que los recortes afectan principalmente a las ayudas públicas, un déficit del 9,4 del PIB, los intereses a pagar en los próximos cinco años por la deuda pública alcanzarán la cifra de 84.700 millones de euros, la inflación está situada en torno al 3,7 %…
¿Qué hacer entonces? Imposible ceder el control a Europa, porque la Gran Bretaña está a mucha distancia de las exigencias asumidas por el euro. ¿Qué hacer? Control de la moneda, de los índices cambiarios y de la competencia.

Eso es la City. Y eso son los ingleses que han dicho “sí” cuando les interesó y “no” cuando les interesó también. Por ejemplo, los admirables y solidarios socios de Europa tienen los tipos de interés al 0,5 % frente al 1 % del continente.
¿Es irreversible la espantada de los ingleses? Con las condiciones vistas, no. Pero (y dado que los padres de EEUU andan contentos con los cambios de Europa) un día no muy lejano acaso nos encontremos al otro lado de las nieblas del Canal de la Mancha con un mundo verdaderamente doble, como en Cuba, pero civilizado: dos monedas que funcionan simultáneamente (libras y euros), dos Citys que funcionan en paralelo (una atrabiliaria y otra responsable), especulación a reventar y ética en su solvencia, kilómetros, metros y centímetros debajo de millas y pulgadas, etcétera, etcétera. Incluso será posible encontrar en los parques y en las aceras de Londres un carril bici que funciona por la derecha.

Eso en honor a los cambios, y dado que (pésele a quien le pese) el mundo es así de incontinente (¡malditos europeos!).