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Los puentes del euro > Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Hace días, un fiel -e irreductible- votante socialista, inasequible al desaliento pese a Rodríguez Zapatero y a Pérez Rubalcaba, me confiaba su particular visión de los resultados electorales. Me decía que no era capaz de entender cómo en barrios deprimidos, habitados por mileuristas y parados, atrapados por hipotecas inasumibles y con cuestas de enero todos los meses, se había votado masivamente al Partido Popular. Puedo entender, me argumentaba, que a Rajoy le voten los suyos, los terratenientes y los dueños de edificios de pisos y apartamentos, los millonarios y los caciques de toda la vida; pero no que le vote esta gente. Porque los populares van a hacer recortes salvajes en las políticas sociales. Y que se preparen para un aumento de la conflictividad social y para que la gente salga a la calle a reclamar lo que es suyo.
Las palabras del votante socialista y su representación de la sociedad actual y de nuestro sistema de partidos nos trasladan al pasado del siglo XIX y de los primeros momentos del movimiento obrero. Su inconfundible olor a naftalina tiene el encanto de lo ingenuo y de lo anclado en el tiempo. Su anacrónica división social maniquea entre ricos y pobres, y su olvido de las amplísimas clases medias, que son el fundamento de las democracias, nos muestran bien a las claras su socialismo de cartón piedra y panfleto mitinero. Sin embargo, sus palabras son preocupantes en cuanto reflejan una idea y una posición muy extendida entre los sectores de la llamada izquierda, la idea y la posición de que recortar o no recortar las políticas sociales es una cuestión de mera voluntad política, una decisión subjetiva que debe ser cuestionadas a ultranza. Y de que es posible intentar remontar la crisis manteniendo la financiación de las políticas sociales a su nivel de las épocas de bonanza. Tal fue la suicida política de Rodríguez Zapatero hasta que en torno al mes de mayo antepasado los mercados, por boca de Obama, Merkel y Sarkozy, le advirtieron que se había acabado la diversión. Un año y pico después, el que se ha acabado es el presidente saliente, obligado por su partido y por la crisis a decir: “Eso fue todo. Hasta luego amigos”. Y ésta es una de las razones del hundimiento electoral socialista. Porque su defensa de las políticas sociales no era creíble en un candidato vicepresidente de un Gobierno que las venía recortando sistemáticamente al compás de las exigencias europeas. Y Rajoy no tendrá más remedio que seguir haciendo lo mismo corregido y aumentado. Pobre del país si no lo hace.
La ciudadanía le va a exigir resultados a corto plazo, esos resultados no siempre llegarán porque la situación económica es pavorosa, y ciertos sectores no van a aceptar los drásticos recortes sociales y las brutales políticas de ajuste que se va a ver obligado a implementar si quiere que, de verdad, remontemos la crisis y no entremos en una recesión incontrolable o en un rescate europeo. Y tendrá que hacerlo sin contar con la complicidad de los sindicatos que tuvo Rodríguez Zapatero y con el peligro de una oposición socialista, de Izquierda Unida y de los nacionalistas proclive a la demagogia y al oportunismo. En eso sí tiene razón mi amigo socialista. El nuevo Gobierno debe prepararse para un aumento de la conflictividad social y para que la gente salga a la calle. Porque no le van a consentir lo que le consintieron al Gobierno anterior, y no van a limitarse a una huelga general de aliño y guardarropía para salvar las apariencias.
El problema es que el modelo de protección social del Estado del Bienestar que hemos conocido no es sostenible en términos económicos. Es un hecho que la quiebra de Lehman Brothers puso de manifiesto, pero que, con crisis o sin crisis, hubiera terminado por estallar. No es sostenible una financiación de políticas sociales universal y sin control, en muchas ocasiones rayana en el despilfarro. Y eso tendrían que entenderlo los progresistas de salón y otros izquierdistas a la violeta, que no son capaces de pronunciar cuatro palabras sin hablar de la sostenibilidad, eso sí, con muy distinto y diferente sentido.
Un problema asociado al anterior es el problema concreto del euro. Es cierto que, con independencia de su problemática específica, está sufriendo ataques intencionados de los mercados provenientes de las zonas del dólar y de la libra. No obstante, la crisis de la moneda europea ha demostrado que una unión monetaria no solo debe basarse en parámetros económicos y monetarios, sino también en unos valores sociales y políticos compartidos, en una cultura cívica y en una actitud ante el trabajo comunes. Un taxista antiguo emigrante nos decía el otro día durante un trayecto que los alemanes trabajan más y mejor que nosotros. Y tanto que trabajan más y mejor que nosotros. En eso se basa la indignación de los contribuyentes de ese país, que nos perciben como unos holgazanes indolentes que viven bien gracias a su esfuerzo fiscal y a las ayudas europeas. Al margen de la indudable exageración -e incluso injusticia- de estas opiniones, lo cierto es que responden a un fondo de verdad y describen una realidad preocupante. El rescate de Grecia y las dificultades de Portugal, Italia y España nos indican que el euro es incompatible con nuestro absentismo laboral; con nuestras bajas fingidas; con nuestros permisos injustificados; con nuestros incumplimientos de horarios; con nuestros interminables desayunos y con nuestras conversaciones privadas en el trabajo por ordenador o teléfono. (A nosotros nos ha llegado a atender en una ventanilla -a cámara lenta- una señora que, mientras lo hacía, intercambiaba recetas con una amiga por teléfono). No en vano la productividad laboral española es de las más bajas de Europa y no se compadece con nuestros horarios irracionales. También es incompatible el euro con nuestros puentes, y los de la pasada semana deberían sonrojarnos a todos los ciudadanos. A unos se los consintieron y otros se los tomaron vía permisos por asuntos propios, bajas fingidas o cualquier subterfugio al uso. Y en el mejor de los casos, las máquinas de infinidad de empresas tuvieron que parar y ponerse en marcha cada veinticuatro horas, con un coste que nuestra economía no se puede permitir. Urge reducir drásticamente el número de fiestas y trasladarlas a los sábados siempre que sea posible. Porque nuestros puentes son el camino para salirnos del euro y abandonar Europa. Y se trata de un suicidio colectivo que tampoco nos podemos permitir.