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Made in Dios > Carmelo J. Pérez Hernández

   

Un vicio muy extendido entre algunos creyentes es criticar todo lo que no tenga que ver con su fe, lo que aparente distanciarse de sus costumbres y tradiciones, lo que despunte como novedoso y revolucionario. Muchas veces, perpetrando un juicio irresponsable sobre lo que se está valorando.

Yo creo que se hace por temor a ver cuestionadas las propias creencias y el propio estilo de vida. De todos es sabido que el instinto de protección es uno de los más arraigado en el ser humano.

Es lógico, pues, que muchos se defiendan atacando. Natural, aunque poco racional: las personas somos más que instinto.

Y, además, es pecado. Una enmienda a la totalidad de las cosas, de las situaciones o de las personas es un atentado contra Dios mismo, autor de todo lo creado, que ha dejado su huella inscrita en todo. Un rastro que permanece, a veces muy velado, en el fondo de los temas y los corazones.

Pero que está, que persiste, porque nada existe que no sea Made in Dios. Incluso permanece su aliento sobre la piel de quienes se proclaman más alejados de su verdad o alardean de prescindir de Él.

Me viene todo esto a cuenta de la invitación que Isaías, de nuevo el irrepetible Isaías, hace hoy a cada uno de quienes escuchamos la Palabra de Dios en los templos. Dice el profeta: “Alza fuerte la voz; álzala, no temas. Di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios”.

Ése es nuestro encargo en este adviento y en la vida entera. Levantar la voz, sin temor, y decir a los pueblos y a cada hombre: “Aquí está Dios”. Ningún servicio más genuino que ése tenemos entre manos los creyentes, no hay labor que nos sea más propia.

De ella nace la caridad, la atención a los más pobres, los desvelos por los más necesitados: de nuestro convencimiento de que Dios está aquí y anunciarlo es nuestro encargo. Si no, nos convertimos en una ONG, que están bien las ONG, pero no es lo nuestro.
Aquí está. Y cuando lo anunciamos prestamos la más grande de las ayudas, porque al hacerlo le decimos al abatido que tiene razones para seguir luchando; al deprimido, que puede levantar la cabeza sin miedo a sentirse de nuevo defraudado; al confundido, que sus búsquedas tienen sentido; al esperanzado, que su alegría tiene nombre propio.

Y eso sólo podemos hacerlo nosotros, los creyentes. Los demás aportan otras cosas a la sociedad. Lo nuestro es Dios. Para hacerlo, sin embargo, hay que fulminar esa predisposición a la crítica fácil y destructiva que tanto abunda entre nosotros. Esos juicios rápidos con pretensiones de estar impartiendo justicia divina de los que escribía al principio.

Lo nuestro es amar esta hermosa tierra y esta parte apasionante de la Historia en la que nos ha tocado vivir nuestra aventura.

Que los agoreros de desastres sean otros, que los rostros pálidos y las caras agrietadas por el enfado sean las de otros. Nosotros somos hijos de la noche y de la mañana: de la noche santa que no debemos dormir y de la mañana gloriosa a la que nos adelantamos con nuestra hoguera y nuestros cantos.

No podemos anunciar que Él está aquí sin ser felices al amar la tierra y los hombres que la pisan. No somos funcionarios. Somos hombres y mujeres Made in Dios, que se dirigen a sus iguales.

@karmelojph