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Manuel Clavero > Luis Ortega

   

Ahora que pintan bastos, nacionalistas españoles critican airados el coste de lo que se reivindicó y ganó en la calle, el autogobierno de los territorios históricos -Cataluña, Galicia y Euskadi- y, de paso, el justo y democrático “café para todos”, que declaró con energía Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926), un personaje con el que la historia no ha sido demasiado justa y cuyo nombre, tres décadas después, causa ronchas en algunas esquinas de la Piel de Toro y en la memoria de quienes querían, aún quieren, un país con grados de competencia y velocidades distintas, con el pretexto de unas singularidades respetables -como la lengua y la cultura, por invocar dos casos- pero, en absoluto, de mayor entidad o calado que la insularidad, la distancia del continente y el acervo jurídico y administrativo propios. Se cumplen hoy veintinueve años de la formación con carácter provisional del Parlamento de Canarias -en el palacete neoclásico de Manuel Oráa, que además de usos musicales fue sede de juicios sumarísimos de la dictadura- según los resultados electorales de noviembre de 1982, que significó el fin de la etapa Suárez, un político intuitivo cuya actuación fue determinante en la recuperación de la proscrita democracia. Al primer presidente, en un limbo apacible, su mal multiplicó su hambre de cercanía y afectuosa cordialidad, pero le impidió conocer el cariño unánime de sus compatriotas por una labor ciclópea, admirada en todo el mundo. Con Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) no se debe cometer la misma falta de delicadeza; le avala una dedicación docente larga y eficaz; sus actas de diputado en las primeras legislaturas (1977 y 1979), su paso por los ministerios de las Regiones (el 4 de diciembre de 1977 pronunció su frase lapidaria) y Educación y Ciencia y su inédita coherencia cuando, en 1980, y ante los riesgos de una Andalucía en inferioridad, frente a las llamadas comunidades históricas, después de la efeméride del 28 de febrero, cuando “los andaluces demostraron, una vez más, que mandaban en su hambre”, como recordó Alfonso Guerra. Guardo en cualquier esquina su experiencia personal resumida en una publicación de Planeta (Desde el centralismo a las autonomías). Hijo Predilecto de Andalucía, sus declaraciones conservan plena vigencia, sus avances de la repetición de instituciones y funciones resultaron proféticas y caras y, en pueblos como el nuestro, donde cualquiera, incluso las virtudes o los buenos deseos no tienen memoria, se justifica el emocionado recuerdo para quien procuró café a todos.