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Por su paciente espera, por su prudencia franciscana, su imparable ambición jesuítica y su dialéctica dominica -y las tres alusiones religiosas, no tengan la menor duda, se refieren a valores y no a vicios-, Mariano Rajoy Brey (1955) es el hombre de estas horas; casado y padre de dos hijos, registrador de la propiedad por oposición, militante de Alianza y, luego, del Partido Popular desde hace tres décadas, como recuerda en sus comparecencias solemnes, ministro de distintas carteras de los gobiernos de Aznar y vicepresidente con el vallisoletano, que lo designó sucesor en la jefatura del partido conservador y presidente in péctore para los próximos cuatro años. El compostelano emerge con el mérito de la constancia de un retablo abigarrado de rostros y actitudes que se agruparon en mi inconsciente en un forzado periodo de astilleros, donde el tiempo discurrió, si cabe, con mayor aceleración que en los periodos en los que todo lo escudriñamos en busca de protagonismos, en su mayoría, liberados de los focos potentes y las consiguientes sombras de la política. Después de librar una contienda directa con un duro oponente -la historia reparará muchas de las vejaciones sufridas por el cesante Zapatero, responsable de medidas progresistas y culpable de errores económicos- y las refriegas y añagazas, más o menos públicas, de los correligionarios -“¡Cuerpo a tierra que vienen los nuestros!”, decía el ocurrente Pío Cabanillas-, a este gallego en pleno ejercicio le tocará una oposición moderada (no está el patio para bromas), una agenda tan arriesgada y difícil como la de su antecesor y, si en cuatro años no ocurre el milagro, el castigo que a diestra y siniestra ha caído sobre los estadistas de esta época aciaga que tragamos sin azúcar. Demos los días y meses que sea menester al futuro presidente que llega en un otoño tormentoso, sacudido por calamidades naturales, tránsitos de personalidades ilustres y dignos paisanos, manchado por la lacra de la violencia de género y amenazada por un volcán, cuyos aparatosos amagos han puesto en riesgo y ruina a la hermosa isla del Hierro, liberada de estos fenómenos en el ciclo histórico. Reanudo el contacto con los lectores en la onomástica de Santa Bibiana, crítica y víctima de la persecución que decretó Juliano el Apóstata entre los años 361 y 363, y que añadió a los fines políticos propósitos recaudatorios con la incautación de los bienes de los cristianos sacrificados para paliar la falta de liquidez del Imperio -¿les suena la situación?- para pagar a los legionarios impacientes y evitar su desobediencia.