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Se avecinan malos tiempos para las relaciones hispano-marroquíes. El rechazo del Parlamento Europeo a la prórroga del acuerdo pesquero de la UE con el Reino alauita es bastante más que una china en el zapato del entendimiento entre las partes contratantes: puede colocar el trato entre Madrid y Rabat en mínimos históricos, como en los tiempos de Perejil. Y no precisamente por culpa española, sino por una decisión del Parlamento Europeo, que no pinta mucho en la Unión pero cuya opinión tiene fuerza de ley en materia de relaciones internacionales. La cámara legislativa considera que el acuerdo incumple las condiciones del Protocolo de 2006 en lo que se refiere a “la comprobación de un beneficio efectivo para la población saharaui”. Por eso ha decidido suspender su prórroga por un año y frenar las conversaciones para un nuevo convenio, tras el correspondiente dictamen jurídico de la Comisión de Cooperación parlamentaria. Según ésta, además de una sobreexplotación del caladero, “es más probable que el acuerdo beneficie sobre todo a los colonos marroquíes trasladados a un territorio ocupado en incumplimiento del artículo 49 del IV Convenio de Ginebra de 1949”. Rabat, que obtiene de la UE 36,1 millones de euros al año a cuenta del acuerdo, ha reaccionado con orgullo y rapidez, expulsando de sus aguas y de las aguas saharauis que administra a todos los barcos comunitarios, 120, de ellos 100 españoles, de los cuales una treintena tienen su base en Canarias. Para Marruecos el Sahara es intocable ya que lo considera parte integrante de su territorio, de ahí que rechaza cualquier atentado a su soberanía nacional. Y ahí se plantea, pese a la innegable connivencia española con el actual statu quo, un problema hoy por hoy irresoluble. La carga política del caso es un dardo envenenado que alcanza al futuro acuerdo agrícola entre la UE y Rabat, pendiente de firma a comienzos de 2012, y a futuros pactos con España en materia de emigración, trazado de la mediana con Canarias, prospecciones petrolíferas, colaboración en materia antiterrorista, policial, de justicia, educación, transporte y otros campos de mutuo interés. Lo de menos son las pérdidas que va a sufrir el sector pesquero, al que también acaba de tocarle la ruptura de las conversaciones con Mauritania por diferencias económicas; preocupa mucho más el clima de hostilidad política hacia Rabat nacido en el Parlamento de la mano de liberales, euroescépticos y verdes europeos. Sin pretenderlo, Rajoy se ha encontrado con una papa caliente de difícil digestión. Necesitará habilidad, paciencia y mucha prudencia para superar los nuevos diferendos con el siempre difícil vecino marroquí.