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Más apreturas, mejor dicho > Francisco Pomares

   

Mariano Rajoy desveló ayer lo que han de ser las líneas maestras de su programa de Gobierno. “Hacer lo que hay que hacer” parece ser la consigna, y el objetivo situar el déficit público en el cuatro por ciento marcado por la Unión Europea, lo que representa una reducción del gasto en 16.000 millones de euros para 2012. ¿Alguien esperaba alguna fórmula de Fierabrás? ¿Alguna receta milagrosa? Pues se habrá quedado con las ganas: esto es lo que hay, más recortes y más sacrificios, más esfuerzo por parte de las clases medias, más despidos, más restricciones, más de ese caldo aguado e intragable con el que ya nos vienen obsequiando desde que empezó la crisis.

Perdonen si les parezco irreverente en este día tan señalado, pero -al margen de un discurso impecablemente facturado y cargado de ese sentido común que tanto gusta a los votantes del PP- lo cierto es que ya no es el presidente del Gobierno, sus ministros o las Cortes Generales quienes diseñan la política económica de un país. La política que hay que hacer en Europa la elabora el Banco Central Europeo, la empaquetan para su venta la señora Merkel y su socio el pequeño Nicolás, la ejecutan sin protestar los que están en el machito y la sufrimos en silencio (casi siempre) todos los europeos.

Lo que ha hecho Rajoy -sin brillantez, pero con contundencia digna de mejor causa- es ordenar y presentar esas prioridades como si fueran suyas. Al menos una lo es: ha permitido señalar una desviación del guión, con el anuncio de la actualización del poder adquisitivo de las pensiones a partir de 2012. Hacerlo cuesta menos de dos mil millones, no era tanto el ahorro, como se nos dijo. No logro entender por qué no le han aplaudido desde los bancos del PSOE, quizá sea que han descubierto un poco tarde que no basta con poner cara de sacrificio cuando se pide sacrificio a los demás. A cambio, Rajoy anunció para ya una reforma laboral que huele a despido con quince días de indemnización. Va a ser duro.

Para entretenimiento nos quedan las partes más blandas del discurso, las que se redactan sin mucha convicción pero se leen con énfasis: lo de correr los puentes hacia los lunes y otras cosas así. Más guiños al sentido común.