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Mohamed Osman > Luis Ortega

   

Paisajista en todas las dimensiones -arquitecto, interiorista, pintor- nuestro amigo se ha propuesto con talento y vocación restituir a nuestras retinas las atmósferas cálidas de la ciudad habitada y frente a la nostalgia, manriqueña o proustiana, a la libre elección de cada cual, el resultado es un canto esperanzado a la realidad que transitamos de prisa, de esa prisa que desazona y no nos hace ser puntuales. En un espléndido homenaje a Santa Cruz, selecciona como un viandante sensible y sin urgencias, edificios nobles y emblemáticos y rincones urbanos a los que salva del tópico por la astuta elección de las composiciones y por dos elementos -de los que más tarde hablaremos- que son consubstanciales con su pintura dedicada a Canarias y, en particular, a Tenerife, la tierra que detuvo sus impulsos nómadas y a la que siempre vuelve, después de exponer en cualquier lugar del mundo. (Ahora enseña sus últimas creaciones como artista invitado en la Bienal de Florencia, un certamen dedicado a la plástica italiana con algunas excepciones de honor). ¿Cuáles son esas claves o símbolos que aporta el creador a nuestra hermosa y adormecida ciudad? ¿Coinciden esas claves personales con el tratamiento luminoso y original que el creador despliega por la geografía tinerfeña, especialmente la del norte, donde vive y sueña. Coinciden, porque hablamos de un plástico de obra reconocible, en cualquier tiempo y circunstancia, y cuya permanente evolución no propone aventuras ni saltos en el vacío. Osman avanza con paso firme por un camino libremente elegido, sin renunciar a los logros ni tampoco al azar que pone ante sus ojos agudos y su rica paleta matices inéditos de una realidad inagotable, “a la que podría dedicar todo el tiempo sin cansancio ni repetición”. En este selectivo recorrido por la capital, ya lo anticipamos antes, Osman nos introduce espiritual y sensitivamente en el aura rosa y oro que, con sorpresa y arrobo, descubrieron los viajeros europeos -y de modo especial el más sabio de nuestros oteadores, el baron Von Humboldt- que proclamaron este enclave atlánti como como el anticipo glorioso de los trópicos; el segundo elemento, una simbología de libertad y paz urbana, son las palomas que humanizan las arquitecturas y hacen, con su naturalidad histórica por la vieja convivencia, el papel de los mejores viandantes, la expresión de vida que cuadra mejor y enriquece aún más a la obra humana. Estas reflexiones vienen a cuento de un gran regalo plástico que ha puesto latido y color a un otoño lánguido en una ciudad que tiene la urgencia histórica de reinventarse para seguir siendo ella.