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Morales, el rotario > Salvador García Llanos

   

Se nos fue en vísperas navideñas, José Miguel Morales Sánchez, comerciante afincado en el Puerto de la Cruz, activo miembro y dirigente del Rotary Club en distintas fases, hijo de aquel caricaturista y escritor tacorontero, José Morales Clavijo, a quien conocimos como corrector de pruebas en el vespertino La Tarde. Las circunstancias han querido que hayamos podido dar el último adiós a ambos.

Los que conocimos a Pepe Morales contrastábamos bien dos cualidades: su talante y su predisposición para ayudar cuando entendía que la causa merecía respaldo sin distingos de ningún tipo. Su bonhomía le llevó a emprender muchas acciones altruistas. Luego, él mismo se encargaba de llevar una nota y una foto al periódico, o pedía que la revisáramos para enviarla a la publicación de los rotarios. Que se supiera quién hacía el bien, y cómo se hacía, era su particular sentido de la transparencia.

Dotado de un singular sentido del humor, hablaba en serio cuando en realidad bromeaba. Pero también bromeaba hablando en serio. Era un hombre informado, comentaba la actualidad sin reservas. Y cuando había una conversación sobre una materia en la que no estaba impuesto, prefería guardar el silencio de los prudentes. En otras ocasiones, siempre de forma respetuosa, basándose en su propia experiencia existencial, se permitía hacer comparaciones, alguna de ellas muy atinada, para poner de manifiesto la diversidad cultural de los individuos y las colectividades.

Había estado en Venezuela y República Dominicana, países de los que hablaba con orgullo y admiración, por lo bien que le trataron. Hizo de visitador médico y ejerció otros oficios, hasta que retornó y se hizo un hueco, con toda dignidad, en el ramo de la joyería. Llegó a disponer de su propia tienda, con Ana, su esposa sueca, en las cercanías del muelle portuense. Allí atendía con la elegancia de un gentleman y con la perspicacia de un vendedor experimentado.

Sus ratos con los amigos eran muy gratificantes. Bromista, dicharachero, tolerante, emprendedor, ocurrente… Respetaba todas las tendencias ideológicas y cuando tenía que discrepar con alguna opinión o algún juicio de valor lo hacía sin estridencias, a menudo en voz baja. Se interesó por el turismo, hacía algunos análisis de registros estadísticos y estaba convencido de que los encantos del Puerto de la Cruz le devolverían días de esplendor. Eso sí, decía, procurando eludir la telaraña burocrática, a la que temía más que la propia iniciativa política.

Con Pepe y esos amigos compartimos algunos de esos ratos. Frecuentaba, con impecable atuendo, la sede del antiguo Casino Taoro. Cuando contemplaba la ciudad desde la enorme cristalera, se preguntaba cómo era posible que aquel pequeño núcleo urbano hubiera generado tanta riqueza. Otra de sus reflexiones. Luego estaban las convocatorias del Rotary Club, de las que siempre fue un puntual y gentil remitente. Sus gestiones propiciaron la presencia de políticos y profesionales en las sesiones del hotel Botánico, luego prolongadas con una distendida conversación. A Morales se le debe la proyección del nombre de la ciudad turística en los ámbitos nacionales y extranjeros de esa respetable institución, por la que trabajó con denuedo.

Un infarto de miocardio acabó con su vida en vísperas navideñas, malas fechas para ausentarse, desde luego. Nos quedaron unas garbanzas pendientes. Todos sus familiares, allegados y conocidos lo están lamentando. Descanse en paz.