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Piratas > Juan Carlos Acosta

   

Lamento cerrar el año con el estupor que me causa el procesamiento de los dos piratas somalíes traídos a nuestro país a raíz del caso Alakrana, cuya condena ha sido rebajada esta semana por el Tribunal Supremo en 36 años, una minucia si se tiene en cuenta los escasos 403 años restantes que les queda por cumplir entre barrotes. Lo siento de verdad porque la situación me rechina por todos lados, hasta el punto que no puedo comprender que la praxis jurídica se convierta en un cajón de sastre donde todo cabe, incluso esta aberración ejemplarizante destinada a aleccionar, no sin cinismo, a grupúsculos de un supuesto estado catalogado como uno de los más pobres del mundo, en su gran mayoría aplicados en sobrevivir cada día bajo las órdenes de unos señores de la guerra venidos a menos y en un territorio que pertenece a una región, la del Cuerno de África, emblemática por sus periodos recurrentes de hambrunas y catástrofes humanitarias, por no decir en la desesperanza de uno de los mayores infiernos conocidos sobre la Tierra.

Este gesto de gracia, sin dobles sentidos, que se convierte en un eufemismo insoportable en un país teóricamente avanzado, solidario y democrático, viene dado simplemente porque al parecer estos reos no participaron en las coacciones que el resto de sus compañeros ejercieron, para vengar su apresamiento, sobre los tripulantes del pesquero español con base en la localidad vasca de Bermeo, una nave que transportaba a 36 hombres, hoy sanos y salvos, y que faenaba en aguas del Índico, a miles de kilómetros, frente a las costas de un escenario tradicionalmente azotado por guerras fraticidas y revueltas tribales, avivadas por jefecillos que se han disputado secularmente la miseria y los exiguos recursos agrícolas, ganaderos y pesqueros de sus comunidades enterradas en las noches de los tiempos.

Lo cierto es que me resulta difícil seguir creyendo en la justicia de mi país cuando se hace cargo de este órdago que le ha puesto sobre la mesa un gobierno obediente a los monopolios y a las operaciones multinacionales que, como la Atalanta, pretenden vestir de legalidad una situación insostenible de abuso y olvido de unas grandes bolsas humanas ninguneadas y apartadas de las mayestáticas reglas que nos hacen ricos o pobres según donde hayamos nacido. Me choca que nuestros jueces se hayan puesto la misma toga para condenar a estos dos pobres diablos surgidos de un desierto inimaginable que para juzgar a chorizos presumidos y trajeados de nuestras instituciones, a yernísimos reales o a políticos y empresarios conchabados para esquilmar las arcas públicas en cantidades capaces de erradicar una gran parte de nuestro desempleo desbocado. Me sorprende que el poder judicial español se haya ataviado con dignidad y pompa para castigar lo que ocurre tan lejos de nuestras ciudades, en un submundo de dolor ajeno, con tal de seguir asegurando así los diezmos que nos permiten comprar en nuestros colmados supermercados la pesca arrebatada a esas aguas remotas y achicharradas por el sol.

En última instancia, me hubiera gustado cerrar el año deseándoles un feliz año nuevo, a pesar del panorama crítico y pesimista que se abre ante nuestras narices europeas, pero sin esta extraña sensación de que hay otras regiones distantes de las que nos traemos culpables que apenas representan un simple número en las estadísticas de los millones de humanos cuyas vidas, hoy por hoy, no valen nada.