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Por favor, no diga crisis; diga situación > José Domingo Gómez

   

Amable lector: Imagino que a estas alturas del año que va a terminar usted debe estar ya hasta la coronilla, por no decir otro lugar, de la dichosa palabra “crisis”. Sé que no le servirá de consuelo pero también hasta el mismo lugar antes indicado estoy yo e igualmente la gran mayoría de las personas que habitan en este país, sean o no españoles.
La dichosa palabreja hubo un momento en que decidió habitar entre nosotros, y desde ese instante al principio de modo sigiloso y casi oculto, luego un poco más como haciéndose notar, y, finalmente de una manera clara, terminante y sin dejar lugar a dudas, ha pasado a ser palabra común y al parecer necesaria en cualquier tertulia, medio de comunicación, bien escrito o audiovisual e incluso en internet.
La dichosa palabra sale de la boca de todos nuestros interlocutores, la usan los políticos como especie de espada flamígera buscando la cabeza del otro, o para justificar lo que ocurre en un momento determinado; para nuestros periodistas o comunicadores es palabra recurrente que aflora a cada momento, y en nuestra vida diaria es muy difícil por no decir casi imposible tener una conversación sin que en algún momento salga a colación la palabra para apoyar cualquier frase o idea.
Pudiéramos decir sin temor a equivocarnos que todos hablamos de la crisis y que a todos nos gustaría saber quién fue el que abrió la puerta para que la misma entrara en nuestra vida cotidiana.
La palabra crisis se ha introducido en nuestras mentes, en nuestras casas, en nuestras empresas y poco a poco ha ido extendiendo su tela de araña por todo el tejido social de tal modo que muchos cuando en las mañanas nos levantamos y duchamos pensamos que no solo estamos quitándonos el sudor que nos traspasan, eso sí amablemente, las sábanas y manta de nuestras camas, sino también una cosa pegajosa que está como pegada a nuestro cuerpo y mente y que en realidad es esa parte de la tela de araña que la dichosa crisis ha desparramado sobre todos nosotros.
Una de las definiciones de crisis es la de situación dificultosa o complicada, y uno de sus sinónimos viene a ser escasez o carestía. Si atendiendo a lo anterior profundizamos en ese enorme eco social que está teniendo la palabra crisis tendríamos ya que comenzar a pensar cuál es, o de qué clase es, la escasez o carestía que nos ha llevado a tener que hablar tantas veces y de manera cotidiana y reiterada de esa repelente palabra llamada crisis.
Creo que cualquiera de ustedes podrá colocar la palabra precisa al lado de las dos anteriores para poder determinar cuál es la crisis o de qué va esta crisis. Así, de repente, nos hemos o nos han convertido casi en especialistas de la llamada prima de riesgo, llegando a la conclusión después de escuchar a los que de verdad parece que sí saben de esto, que estamos en crisis porque la carestía de esta prima es muy alta poniéndola en relación con la prima de igual carácter de los alemanes. A este respecto existen incluso los que por reducción al absurdo llegan a pensar que si las dos, la española y la alemana, son familia al tratarse de primas, por qué ambas no hacen un esfuerzo para encontrarse en un punto determinado y no tener tanto diferencial entre ellas, y así, de este modo, pues eliminamos una parte muy importante de esa crisis.
Yo, más modestamente, la solución la veo por otro lado y pienso: si dejáramos ya de una dichosa vez de hablar de crisis y empezáramos a coloquiar sobre la situación no sería quizás más agradable nuestra convivencia? Decir situación en lugar de crisis tiene sus ventajas.
Así, cuando decimos crisis suena como muy crispante y agobiante, nadie cuando pronuncia la palabreja esa sonríe, al contrario pone cara seria y frunce el ceño, y el interlocutor o escuchante en justa reciprocidad suele poner cara de compungido, y, todo esto, al final, termina repercutiendo en nuestra salud física y mental.
Por contrario, situación suena como más musical, como menos agresiva, podemos estar hablando de la situación e, incluso, nos sube como una sonrisa a la cara pues pronunciándola hasta enseñamos los dientes. Al mismo tiempo que disertamos o coloquiamos sobre la situación nuestro interlocutor acoge el comentario sobre la misma con cara agradable, el ceño no se le frunce e incluso devuelve la sonrisa.
Cuando pronunciamos crisis, el paisaje que se asoma a nuestras mentes es oscuro, incluso me atrevería a decir que casi negro. Por contrario si hablamos de situación el color del panorama va cambiando, comenzamos a observar una luz, no lucecita, que nos enseña el camino para salir de ese bosque oscuro que es la crisis. La palabra crisis transmite amargura, dolor, pesadumbre. La palabra situación nos sitúa, nos dice en qué lugar estamos pero, al mismo tiempo, también nos indica que iniciamos el camino para mejorar la situación, porque, si lo piensan, no es lo mismo decir “estamos luchando para mejorar la crisis” que “luchamos para mejorar la situación”, la crisis no es mejorable, la situación si lo es. Decir situación con una sonrisa y observar la cara de nuestro interlocutor nos recuerda que una sonrisa nuestra puede traer alegría a cualquiera, y de ahí a la solidaridad va muy poco, y, no tengan duda que siendo solidarios todos sin excepción, saldremos de esta situación.
Situación rima con ilusión y con solución, y estas no son posibles si no existe voluntad y a través de esta última se llega a la solidaridad, así que, y si les parece, dejemos de decir crisis digamos situación.