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Hay temas que suscitan polémica y hasta incendian las redes sociales con comentarios y salidas para todos los gustos. Es el caso de Las Teresitas y el sumario correspondiente que se difunde estos días, con todo lujo de detalles, algunos bien morbosos, por los periódicos de Las Palmas. A él aludía en mi artículo anterior y un par de lectores me acusan de amparar a los imputados -los de antes, con el cohecho, y los de ahora, sin él-, e incluso otro me ve cómplice por justificar la debida reserva sobre algunas cuestiones de tipo personal o extraprocesal y sobre informes policiales basados exclusivamente en apariencias, sospechas y probabilidades.

La verdad es que no me siento ni amparador, ni cómplice de nadie. Si hay culpables, y así se prueba en su día, deben dar con sus huesos en la cárcel; y si hubieran robado o recibido dinero, que lo devuelvan y paguen por el mal que hayan hecho.

Pero no veo éticamente correcto -y ese era y es el fondo del asunto- que un relato de hechos indiciarios, rechazados como prueba por la propia jueza, sea elevado a los altares de la opinión pública como dogma de fe argumental para echar a pique el honor de cualquiera en nombre de la libertad de expresión. Sensu contrario, tampoco aceptaría un panegírico de los implicados, entre otras cosas porque de lo que se trata es simple y llanamente de informar con veracidad -que es el deber que se corresponde con el derecho a la libertad de expresión- y porque algunas prácticas descritas en el sumario, entre periodistas y políticos y entre políticos y empresarios, pueden ser cualquier cosa menos normales y edificantes.

Pero, si el sumario dice que un hecho determinado es incierto o no constituye prueba de nada, ¿a qué viene incluirlo en él, y airearlo luego, por morbo o por afán de contar las cosas, si con ello no se aporta nada a la causa al no existir, según la jueza instructora, certeza suficiente en lo que aporta la investigación policial? Con tales trabas jurídicas, ¿tiene interés público el conocimiento de algunas conversaciones privadas, viajes, gestiones, acuerdos, etc. que a nada delictivo conducen y, en todo caso, no guardan relación directa con Las Teresitas?

Creo que a la hora de dar a conocer u opinar sobre hechos de dudosa verosimilitud, los principios deontológicos tienen algo que decir, de modo que prevalezca siempre la buena fe junto a la veracidad y exactitud del relato. La verdad es algo muy serio y a veces se presenta imprecisa o incompleta, de ahí la necesidad de elegir entre informar u opinar sin más o mantener una cierta distancia y cautela sin negar las evidencias. Yo prefiero esta segunda opción, en espera de datos más objetivos.