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Reciclado y otras mentiras > Rafael Muñoz Abad

   

En estos tiempos de consumismo desaforado donde lo nuevo ya es viejo; donde el diablo se ha revelado en forma de esa aberración llamada libro digital, y donde si no tienes un iPad o el último grito en móvil eres un cateto de aquí te espero, resulta que el Gobierno de Mauritania, con el objeto de acotar el anonimato de los secuaces de Al Qaeda, va a prohibir el uso de las Blackberry en su vasto territorio. Es paradójico cómo la tecnología que el llamado mundo desarrollado concibe a un ritmo insostenible es la más deseada creación del expolio natural al que hemos sometido al denominado Tercer Mundo. Reciente destinatario de aquellos aparatos que nuestro caprichoso andar ya no considera dignos. Y es que en sus más variadas acepciones, el reciclado electrónico encierra una bonita mentira. ¿Nunca se han preguntado dónde acaban los coches del plan Renove?; ¿dónde terminan nuestros móviles viejos con apenas dos años?; ¿o dónde mueren nuestras teles de culo gordo recicladas al peso? No crean que todo confluye en la idealizada industria verde del reciclado que muchos pregonan. Un viajecito por los mercados del África subsahariana o un vistazo a los contenedores que salen de Antwerpen, Liverpool, Le Havre o Rotterdam, revelan que buena parte de aquello que ya no queremos tiene una segunda oportunidad en el continente vecino. Y lo cierto es que me debato entre varias ideas: aquella que aboga por reciclar para producir de forma sostenible, por dar un uso a lo que aún es útil, o el oscurantismo con el que se nos invita a reciclar bajo la promesa de una futura reutilización, que en realidad esconde el lucrativo negocio de revender coches, móviles y televisores en Ghana o Nigeria. Les descubro cómo se reparte la tarta. Orgía del mercado de ocasión, que, como no podía ser de otra forma, manejan los empresarios de las ex metrópolis. El reciclado electrónico tiene en la city londinense uno de sus centros neurálgicos desde donde se aprovisiona el gargantuleo mercado de televisores de Lagos; esta última, lonja de la distribución electrónica de buena parte del África central. Los franceses y sus poderosas telefónicas naranja nutren de viejos móviles todo el Sahel, y en los Países Bajos los muelles de Vlissingen despiden todo tipo de electrodomésticos rumbo a las cocinas de Accra o Lomé. Por esa extraña manía de conducir por la izquierda, los ingleses sólo revenden coches al África anglófona; entregando casi en monopolio a los chatarreros francos y belgas buena parte del mercado del África occidental. Los tratantes portugueses y su habitual discreción poscolonial también tienen lo suyo; acaparando los mercados de Bissau o Cabo Verde. ¿Y dónde está Canarias y el vanagloriado puente atlántico que nos quieren vender? El puente del que tanto habla el señor Melchior es poco más que un delirio. Europa y sus puertos son los que monopolizan el comercio con África; que no los engañen más.

Centro de Estudios Africanos de la ULL
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