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Retirarse a tiempo > Carmelo J. Pérez Hernández

   

Lo dijeron de él las Escrituras: “No hay nadie más grande nacido de una mujer”. Sin embargo, a la vista de semejante panegírico contrasta la aparente brevedad de su ministerio, las escasas frases que el Libro recoge sobre su vida y su muerte.
Veintiún siglos después, Juan el Bautista sigue siendo un misterio.
Grande, tan grande, ¿por qué? Por ser concebido a destiempo, como la alegría serena que culmina con honores la vida de sus padres… Por ser familia de Jesús…
Por ciertas semejanzas entre su servicio a la verdad con algunos textos del Antiguo Testamento, que parecen apuntar a su misión… Por ese bautismo suyo con agua que remitía a otro con Espíritu Santo…
Por todo eso, sí. Y por más. Por mucho más, me atrevo a decir. Juan el Bautista, el que va delante señalando al Señor, preparándole el camino, es grande por haber sabido retirarse a tiempo.
Es ésa una habilidad, un don, que a menudo pido a Dios para mí y para la Iglesia. Saber irme, retirarme, dejar el terreno libre para que brille el único capaz de aportar realmente algo a quienes se cruzan en mi camino.
Que por mi culpa nadie se equivoque, nadie se confunda de destino, nadie se quede a mitad del camino.
Lo contrario es poseer, negarse a dejar en libertad a quien ha nacido para ser libre, crear vínculos perniciosos, violentar la naturaleza de la fe… Lo contrario es robar protagonismo a Dios y a su obra en nosotros y en quienes caminan junto a nosotros.
¡Y es tan fácil actuar así! Por mí lo digo, antes que por nadie. Y por lo que veo en quienes quiero y en aquellos a quienes debería querer más.
Es sumamente sencillo convertir los instrumentos que Dios pone a nuestro alcance para seguir caminando, personas y circunstancias, en el punto de llegada.
Es tan apetecible la seguridad que aportan algunas de esas mediaciones, tan cálido el hogar que fabricamos juntos… Resulta imponente saberse un instrumento de Dios y un lugar de descanso, de parada y fonda, de tantos otros. Y de tan bonito, se olvida uno de retirarse.
A menudo la Iglesia sufre este mismo mal. Sin pretenderlo, seguro. Sin perder el rumbo, seguro. Pero cumpliendo sólo veladamente su misión, que es la de apuntar a Dios y retirarse. La de acompañar, estar siempre al alcance, pero no protagonizar la Historia. La de dejar a Dios ser Dios. Y a sus hijos, ser adultos en la fe.
Somos culpables todos, al menos responsables en distinta medida, de alimentar un estilo de comunidad que es punto de destino, refugio contra las inclemencias, redil de los elegidos… en lugar de útero en el que se gesta la aventura de seguir a Dios, sólo a Dios.
Demasiados protagonismos, demasiadas excepciones, demasiado polvo del camino, demasiadas historias a las que no renunciamos, demasiado control sobre las conciencias, demasiado nosotros y nuestros miedos a la libertad de los otros. Así somos a veces, las personas y la institución.
Por eso es agua fresca la actitud de Juan: “No soy yo. El que buscáis viene detrás de mí. No soy yo”. A Dios le pido que me ayude a no perder de vista al que viene, al que ya está cerca. Que ser una de sus mediaciones, solo eso, llene mi vida.
@karmelojph