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En menos de una semana Jerónimo Saavedra Acevedo y Luis Cola Benítez se han hecho acreedores a unos nombramientos que por sí solos les otorgan gloria y esplendor.

En el caso de Saavedra, se trata de su elección, por el Parlamento de Canarias, como Diputado del Común, esa figura institucional e histórica un tanto devaluada que se encarga de la defensa, control y vigilancia de los derechos de los ciudadanos, en especial frente a los potenciales abusos de la Administración. En el de Cola, su designación como cronista oficial de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife viene a cubrir la vacante producida tras la muerte del periodista Gilberto Alemán.

Dada la mediocridad política y cultural que -con unas pocas excepciones- nos circunda, la presencia de estas dos personalidades en la vida pública canaria aporta un lustre que sin duda contribuirá a dignificar sus respectivas funciones.

En el caso de Saavedra, dos veces presidente del Gobierno de Canarias, dos veces ministro, otras tantas senador y cuatro diputado nacional, quizás da al cargo, que es apolítico por su propia naturaleza, un excesivo carácter partidario. Por las componendas y repartos de poder que concurren en la elección y por la reconocida militancia socialista de su nuevo titular, lo que no casa -pese a su baja en el PSOE- con la esencia misma de lo que debe ser la Diputación del Común y su estricta imparcialidad.

Pese a todo, no discuto su idoneidad, ni tampoco veo un inconveniente insalvable en la gerontocracia que inevitablemente aporta Saavedra. Basta que funcione su contrastada experiencia administrativa y sus reconocidas cualidades y capacidades para que esta figura recupere credibilidad ante los ciudadanos y no caiga en algunas de las ligerezas de su último titular en funciones durante cinco años -por las diferencias entre los diputados para elegir sustituto-, Manuel Alcaide, a quien el Gobierno y otras instancias ningunearon en cantidades industriales.

Por lo que atañe a Luis Cola, le avala una decena larga de libros y centenares de artículos, conferencias y escritos de investigación y divulgación histórica acerca de Santa Cruz y su pasado, además de la obtención de numerosos premios y su pertenencia a prestigiosas asociaciones de tipo cultural. Seguidor de Serra, Bonnet, Guimerá y Cioranescu, le cabe ahora el honor de contribuir a mantener la memoria colectiva y a conservar el acervo histórico y patrimonial de Santa Cruz desde presupuestos de vocación de servicio, tolerancia y solidaridad; los mismos que él atribuye a la vieja capital de Canarias.

Como los dos nombramientos suponen la confirmación del éxito personal, no conviene guardarlos en el silencio.