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Sacrificios > Alfonso González Jerez

   

Las metáforas de la economía. Las metáforas en realidad son peligrosas. Lo engullen todo. Le das a alguien una metáfora y cree que tiene un refulgente pedacito de realidad en la mano. No es así. No tiene nada. En el mejor de los casos la metáfora es un estímulo, habitualmente se trata de una estafa. El discurso metafórico hoy dominante, por supuesto, es el económico. Los políticos del establishment (no sé si hay otros) se dedican a zurcir metáforas para poder seguir atravesando los pasillos del poder sin que se les congelen los pies. Las cabezas las tienen convenientemente congeladas, pero eso no importa. Por ejemplo, la expresión sacrificio. A los españoles les esperan duros sacrificios, ha insistido en el debate de investidura don Mariano Rajoy. Sacrificio es una palabra un tanto ambigua. Primitivamente significar a los dioses una víctima que se mataba en su honor. En el fondo de todo sacrificio, sin embargo, latía un trueque. A cambio de privaciones, de trabajos o de la propia vida se intentaba influir en la despiadada voluntad de las deidades. En el sentido simbólico más profundo no existen sacrificios gratuitos: la inmolación siempre persigue una recompensa.

¿Hasta dónde llega el sacrificio? De esas cosas no conviene hablar demasiado porque, en ese caso, al lenguaje podría no bastarle la trinchera de las metáforas. En Santa Cruz de Tenerife varios miles de personas viven de la caridad pública. De la caridad, sí, no de un sistema de protección social institucionalizado que ha sido desbordado por los acontecimientos ante la indiferencia bestial y taruga de los responsables políticos. Una bolsa de comida a la semana, un vale cuasimilagroso para una compra de cuarenta euros en grandes superficies, un plato de potaje en el único albergue municipal, el único para una población de 900.000 habitantes. Más de 90.000 canarios no cobran ya ninguna prestación por desempleo y el próximo año se sumarán otros 80.000 isleños más en esta situación. ¿Qué sacrificios cabe demandar a esta gente al borde de la calle, amenazada a menudo por la desnutrición y a veces por el desahucio, cuya vida cotidiana se ha reducido a una infernal carrera de obstáculos para no caer y ser pisoteados como cucarachas? Y, finalmente, ¿cuál es el trueque? ¿Cuál es la promesa luminosa que anida en contratos basura, en el copago de los servicios sociales y asistenciales, en la congelación misérrima de los salarios? No hay ninguna. Ninguna esperanza mientras, como decía en su sobria prosa don Mariano, el país avanza para no volver atrás, es decir, para reorganizarse política, jurídica y socialmente y adaptarse a un nuevo orden de devaluación democrática y capitalismo dickensiano.