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Ser del Atleti > Rafael Alonso Solís

   

Tenía tan solo unos ocho o nueve años, cuando las exigencias de la vida me llevaron a tomar una decisión transcendental, una toma de conciencia que habría de marcar mi futuro con la inexorabilidad de un pacto de sangre. Fue en el colegio, poco antes del inicio del bachillerato, y estuvo provocado por el ruido deportivo del entorno, que cada lunes me llenaba la cabeza con las hazañas de Alfredo Di Stéfano, genial futbolista argentino, que acabó siendo tan castizo que se permitió aferrarse a su acento porteño y dar la impresión de que se trataba de un dialecto madrileño, y hasta se atrevió a disputar el título de divino calvo nada menos a que a Rafael Gómez el Gallo, torero gitano que, según le mirase el toro, se decidía por adornarse con gracia o tirarse de cabeza al callejón. En el cine, además, el Nodo reproducía la imagen de Di Stéfano bajando las escaleras de un avión con gorra de canchero adinerado o metiendo goles de tacón, simplificación gestual tan sublime y eficaz como el skyhood de Kareem Abdul Jabar, la sonrisa de Bogart o el movimiento de caderas de Lauren Bacall en la escena final de Tener y no tener. Rodeado por los triunfos del Real Madrid y empujado por un precoz sentimiento de rebeldía, decidí hacerme hincha del Atlético de Madrid. Con un par. En realidad jamás supe por qué lo hice, pero aquella decisión me sirvió para forjarme como persona y aprender a vivir el resto de mi existencia como un perdedor, sin importarme demasiado el éxito de los demás, ni las vitrinas llenas de trofeos, ni las medallas colgando de la pechera. Más aún, aquello me enseñó también a sentir un indefinible orgullo por pertenecer a aquella caterva de aficionados al fracaso, siempre preparados para que te metan un gol en el último fragmento de segundo, o para que te elimine de la competición cualquier equipo de cuarta regional, sin respeto alguno por la tradición ni por la estirpe gloriosa de que estamos hechos. A veces, de forma inesperada, el Atleti se marca un doblete, golea a uno de los grandes y llena las calles de caravanas circenses. Afortunadamente solo se trata de espejismos, instantes tan efímeros como los orgasmos masculinos, o retazos de gloria tan elusivos como las estrellas fugaces o las luces de bohemia. Al final, la fuerza de nuestros genes se acaba imponiendo y acabamos como siempre. A los atléticos, esta vez, el final del año nos ha devuelto a nuestro lugar con la contundencia habitual. Ningún otro club deportivo es capaz de tanta personalidad, de tanta pasión por la derrota, de tanta capacidad para ser grande sin ganar un pijo. Y eso, en un mundo poblado de triunfadores, tiene un valor.