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ME PAGAN POR ESTO >

Todo está podrido > Alfonso González Jerez

   

El invierno será duro, pero solo constituirá el prólogo gris y frío de una primavera letal. Hace varias semanas que no entra nadie en mi despacho de detective privado. ¿A quién le interesa confirmar un adulterio si el banco te ha devuelto todas las letras? ¿Qué hija va a escapar de casa si los hijos no están dispuestos a salir del hogar aunque hayan cumplido treinta años matando zombis en Resident Evil? Ni siquiera políticos, como en los últimos tiempos, asoman los hocicos. Los políticos, los empresarios, los periodistas, los funcionarios huyen de los detectives privados: la desconfianza hacia lo público, las diversas policías que ocupan las calles y vigilan la circulación peatonal del Bien no tiene como contrapartida el interés por los servicios de los profesionales privados, sino más bien todo lo contrario. ¿Acaso puede haber algo más sospechoso que acudir a un detective privado? Dicen que los políticos y empresarios muy ricos se han comprado teléfonos encriptados de alta tecnología mientras que los menos acomodados se han volcado en la colombofilia y se envían contratos y memorandos atados en las patas de las palomas. Un parroquiano habitual de los bares de Duggi -mi despacho se lo alquilé en el barrio cuando el Jeque decidió retirarse después del caso del cliente de Noakchot- suele afirmar a la tercera garimba que a Lorenzo Olarte nunca lo pillaron ni lo pillarán porque no hablaba de nada importante por teléfono y utilizaba siempre las mejores palomas mensajeras, las más leales, las más silenciosas, las que guardan en sus alas la memoria de todas las ediciones de Fitur. Puede ser. Cualquier cosa puede ser si un tipo como José Luis Rodríguez Zapatero ha sido presidente del Gobierno, un tipo como Mariano Rajoy le ha ganado las elecciones y un tipo como José Manuel Soria tiene posibilidades de alcanzar un ministerio. ¿Y qué me dicen de Paulino Rivero? Cualquier cosa puede ser, sí, cualquier cosa. Por eso me extrañé sobremanera – por eso y porque dormitaba tras una resaca de vino azufrero de La Culona- cuando sonaron, tímidamente, algunos golpes en la puerta del despacho. Maldije mi buena mala suerte, me levanté y cursé visita de medio minuto al pequeño cuarto de baño, en el que me remojé la cara. Ya estaba listo o eso creía hasta que abrí la puerta.

Eran tres hombres los que me sonreían con gesto melifluo. Los tres estaban vestidos de negro, excepto una franja amarilla que les cruzaban las camisas. Mientras entraban en el despacho descubrí, con cierta estupefacción, que las tres cabezas estaban nimbadas por auras tenuamente brillantes. Con un gesto blando, más que amable, se negaron a tomar asiento.

-Ustedes dirán, señores…

El más alto y delgado acentuó su sonrisa beatífica y cruzó las manos.

-¿Es usted detective, querido amigo?

Estuve a punto de sufrir una arcada, y para corregir la situación fruncí el ceño.

-Lo primero sí, si son ustedes clientes, y lo segundo no, lo sean o no.

-Lo comprendemos. Créame que lo comprendemos. En estos tiempos la amistad no solo está devaluada, sino tristemente sitiada por la desconfianza.

-Es muy triste -calificó uno de sus compañeros, un individuo de gafas de pasta y adolescencia difusa y persistente como un after shave barato.

-Desolador -añadió el más pequeño y albondigañado.

-Me gustaría que se explicasen con la máxima brevedad -ladré contenidamente.

-Verá usted, señor… Lo intentaré… Aquí donde nos ve somos una delegación de algunos medios de comunicación de la isla de Gran Canaria…

-¿Ustedes?

-Sí, nosotros tres, inmerecidamente seleccionados para esta alta misión. Por supuesto, conocemos meticulosa y cálidamente todos los rincones y circunstancias de Tenerife, pero no nos vendría mal la ayuda de un profesional que conoce la sociedad de esta isla tan hermosa como desdichada…

-Pero, ¿qué quieren ustedes exactamente?

-¿Lo ves, Carlos? Este señor no se ha enterado. Es terrible.

-Es bochornoso.

-Desolador -agregó la albondiguilla.

-¿El qué?

-Eeeeh… Estoooo… No se intranquilice usted. Creo que lo mejor se lo contamos poco a poco…Hay una playa cerca de esta ciudad llamada Las Teresitas…

-No vaya tan rápido, que me pierdo…

-Una playa. ¿Comprende usted? Es una playa artificial, desde luego. Podemos proporcionarle mapas y diagramas. Lo tenemos todo. Se encuentra a unos 4,5 kilómetros del centro de esta ciudad…

-Aproximadamente, Pedro, aproximadamente.

-Presuntamente – precisó la albondiguilla.

-Presuntamente, sí, a unos cuatro kilómetros y algo…

-No sé por qué hay que andarse con tantos remilgos…Contemos las cosas tal y como son en defensa de la libertad de expresión. Mire: la playa se llama Las Teresitas, se construyó a principios de los setenta y, para más datos, está llena de arena y generalmente se encuentra abierta al baño…

-Carlos, eres un valiente, pero quizás este señor se encuentre un poco apabullado…

-Presuntamente se encuentra abierta al baño en invierno y en verano -se apresuró a corregir la albóndiga bípeda.

-¡Ya está bien! –clamó en un súbito ataque de indignación el tal Carlos-. Estamos en una democracia y puedo y debo denunciar la corrupción cuando se me antoje y cuando lo demande el pueblo…

La albóndiga rompió a aplaudir entusiásticamente. El más alto ladeó la cabeza con una punta de fastidio.

-Bien, una vez informado sobre esto, le tengo que decir lo demás. Santa Cruz es una ciudad profundamente corrupta, sórdida y miserable.

-Vaya.

-Pues sí. Lo que ocurre es que ustedes no se enteran. Y aquí estamos nosotros para explicárselos.

-Muy generosos, ¿eh? De veras que es un detalle.

-Solo cumplimos con nuestro deber, querido amigo.

-¿Y Las Palmas?

-¿Las Palmas? ¿Las Palmas qué?

-¿No es sórdida, corrupta, etcétera?

- Hombre, no.

-Puede haber rollos chungos, pero la culpa básicamente es de Soria.

-De Jerónimo.

-O de quien sea.

-¿Y de Eustasio López?

-No mencione el nombre de don Eustasio en vano, que es un empresario ejemplar y visionario.

-¿Y Santana Cazorla?

-Un amigo y aún más: un caballero.

-¿Y los Domínguez?

-Una estirpe de pioneros que saben lo que es el esfuerzo y el sacrificio como normas de vida y hálito de esperanza colectiva.

-Ya entiendo.

-Lo dudo. ¿No estará usted untado, verdad? Tenemos un informe policial, incurso en el sumario, que señala que usted orinó una vez en los baños del Casino Principal apenas dos horas después de que lo hiciera Ignacio González…

Al final no me contrataron. Todo está irremisiblemente podrido.