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Tolerancia ante la despreocupación > Luis Padilla

   

Da reparo publicar alguna reflexión sobre el Oviedo-Tenerife este 10 de diciembre, día en el que el país y el mundo (futbolístico) se paralizan para observar y analizar todo lo que rodea al Real Madrid-Barcelona. De hecho, tras leer un par de periódicos deportivos, escuchar algunos programas de radio y ver los informativos de televisión empiezo a tener dudas de que haya vida más allá del clásico.

LA TENTACIÓN. Lo confieso: he estado tentado a hablar del partido de esta noche en el Santiago Bernabéu. Tengo libertad para hacerlo (y para hablar de baloncesto, tiro con arco o curling) y también deseo. Y más tras analizar la actitud de Víctor Bravo, quien mañana estará ausente del Oviedo-Tenerife -que es el partido del siglo para los blanquiazules- porque el pasado domingo se cogió una rabieta de niño consentido después de una decisión arbitral. Se enfadó por lo que él consideró un error del colegiado, le dio una intempestiva patada a un rival y se ganó una tarjeta amarilla. Lo hizo con premeditación y desconocimiento, ignorante el muchacho de que la amonestación era la quinta del curso e iba acompañada de sanción. Entre las ocupaciones del mediocampista parece que no está llevar la cuenta del número de tarjetas que acumula. Hace una semana elogiábamos la profesionalidad de David Medina, quien se molestaba en seguir a los rivales por televisión para tener un mayor conocimiento de sus características. Lamentablemente, no todos sus compañeros son iguales.

EL SÍNTOMA. Si a un futbolista como Víctor Bravo no le interesa mucho el Oviedo-Tenerife, o no lo suficiente para evitar que un despiste provoque su ausencia de tan trascendental encuentro, no habría razón para que periodistas o aficionados siguieran el choque con más interés. Pero una vez más, prensa y afición vuelven a estar muy por encima de los futbolistas. Como cada día demuestran unos con su seguimiento y otros con su masiva presencia en las gradas del Heliodoro, frente al televisor o junto a la radio. Curiosamente, la actitud del futbolista tampoco ha merecido públicos reproches por parte de los responsables del equipo y/o de la entidad. En circunstancias normales no los merecería, pero poco tiene de normal un equipo que acumula dos descensos consecutivos y que viene de una temporada en la que se permitieron conductas deshonestas, comportamientos poco éticos y un sinfín de prácticas que, no por habituales, dejaron de ser dolorosas para los seguidores blanquiazules. No atajar ahora cualquier síntoma de falta de profesionalidad es una invitación a la llegada de procederes inmorales.

P:D. Habrá vida después del Madrid-Barça. Y también tras el Oviedo-Tenerife, incluso en el caso de que el grupo de Antonio Calderón caiga en el Carlos Tartiere. Lo que no tendrá futuro será un Tenerife 11/12 en el que la despreocupación se convierta en norma.